Cuando el pintor coruñés Joaquín Vaamonde (1872-1900) regresó de un largo viaje por América, tenía 22 años y, convertido en un artista con estilo propio, se ofreció a hacer un retrato a la escritora Emilia Pardo Bazán, visitándola en su residencia del Pazo y Torres de Meirás. En un primer momento, ella no lo aceptó de buen grado, pero una vez acabado se quedó encantada con la vitalidad y elegancia que transmitía.
Emilia se llevó el cuadro a su casa de Madrid y lo exhibió ante sus amistades, motivo por el cual los encargos al artista fueron muy numerosos.
Sus retratos le proporcionaron a Joaquín fama y dinero, lo que le permitió viajar por Europa y visitar los grandes museos, pero empezó a despreciar su obra, que consideraba muy inferior a la de los grandes maestros. Quiso destruir sus propios cuadros, algo que la condesa de Pardo Bazán le impidió. A los 25 años, enfermó de tuberculosis y volvió a la Coruña.
Estando Emilia en Paris, en un homenaje a Balzac, recibió un telegrama que le anunciaba el fallecimiento de su protegido, en el Pazo de Meirás, el 18 de agosto de 1900. Cuando volvió a España, no tardó en escribir sobre "el retratista de las elegancias", citando alguna de sus piezas, como el retrato del violinista Pablo Sarasate. Más tarde, en su novela "La Quimera", le convertiría en la contrafigura.
A Emilia le gustaba su elegancia y la precisión con la que captaba los caracteres con el trazo suelto, ligero y vaporoso de sus barras de pastel. Magnífico colorista, penetraba en la psicología de sus modelos sin el menor compromiso de tener que halagar a nadie. A lo largo de quince años, desarrolló una obra extensa compartiendo la pintura con sus viajes y con la asistencia impuesta a actos sociales, pero siendo muy joven se vió obligado a un largo reposo por su enfermedad pulmonar. Todos estos detalles fueron introducidos en la novela que Emilia hizo de la vida del pintor...
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martes, 18 de junio de 2019
lunes, 6 de octubre de 2014
BOLDINI
En la Belle Époque se daba culto a un forma de vivir que fue duramente criticada, como les ocurrió al Barroco o al Rococó. Sin embargo, creo que era necesario en momentos tan excesivamente racionalistas y transcendentales del pensamiento, darle un giro al arte y aportar glamour y elegancia.
Señoras espléndidamente vestidas y caballeros elegantes en los salones de sus mansiones, como salidos de las novelas de Proust, Tolstoi, Hery James o Edith Warthon... nos hacen pasar a un mundo ideal al que nos gustaría acceder, precisamente por ser inalcanzable. Demuestra que el ser humano tiende hacia algo que jamás poseerá, pero por lo que se siente irremediablemente atraído y fascinado.
No creo que sea nada malo, todo lo contrario. La belleza, cuando es real, nos eleva, nos hace vibrar más alto y nos proporciona un inmenso bienestar. Es verdad que la pintura de la que hablo era naturalista, retrógada y conservadora, pero también es cierto que fue la edad de oro del retrato europeo: Boldini (Italia), Sargent (Inglaterra), Sorolla (España), Serov (Rusia)... fueron buena muestra de ello.
De todos, destaco a Boldini que, partiendo de una base academicista y purista (fascinado por el Quattrocento italiano) creó su propio estilo deslumbrante y favorecedor para plasmar "il bel mondo" con su brillante e intenso colorido, su nitidez, su sensualidad y su vanguardia. La elegancia y la sofisticación le hicieron independizarse de los parámetros generales y ser único, él mismo...
Empezar la semana con buen arte, con la sonrisa en los labios, con la posibilidad de elevarnos hacia mundos ideales que nos hacen soñar y evolucionar, me parece que es un soplo de aire fresco. Estamos en pleno cambio de Estación, nos enfrentamos a nuevos planteamientos y tenemos la oportunidad de ampliar nuestro campo de conciencia abriéndonos a otras dimensiones. Me temo que, en la actualidad, el ser humano está dejando de lado la "contemplación", actividad tan importante como el razonamiento y la respiración...
Recordemos la frase de Fiodor Dostoïesvski: "L´art sauvera le monde" (el arte salvará al mundo).
Señoras espléndidamente vestidas y caballeros elegantes en los salones de sus mansiones, como salidos de las novelas de Proust, Tolstoi, Hery James o Edith Warthon... nos hacen pasar a un mundo ideal al que nos gustaría acceder, precisamente por ser inalcanzable. Demuestra que el ser humano tiende hacia algo que jamás poseerá, pero por lo que se siente irremediablemente atraído y fascinado.
No creo que sea nada malo, todo lo contrario. La belleza, cuando es real, nos eleva, nos hace vibrar más alto y nos proporciona un inmenso bienestar. Es verdad que la pintura de la que hablo era naturalista, retrógada y conservadora, pero también es cierto que fue la edad de oro del retrato europeo: Boldini (Italia), Sargent (Inglaterra), Sorolla (España), Serov (Rusia)... fueron buena muestra de ello.
De todos, destaco a Boldini que, partiendo de una base academicista y purista (fascinado por el Quattrocento italiano) creó su propio estilo deslumbrante y favorecedor para plasmar "il bel mondo" con su brillante e intenso colorido, su nitidez, su sensualidad y su vanguardia. La elegancia y la sofisticación le hicieron independizarse de los parámetros generales y ser único, él mismo...
Empezar la semana con buen arte, con la sonrisa en los labios, con la posibilidad de elevarnos hacia mundos ideales que nos hacen soñar y evolucionar, me parece que es un soplo de aire fresco. Estamos en pleno cambio de Estación, nos enfrentamos a nuevos planteamientos y tenemos la oportunidad de ampliar nuestro campo de conciencia abriéndonos a otras dimensiones. Me temo que, en la actualidad, el ser humano está dejando de lado la "contemplación", actividad tan importante como el razonamiento y la respiración...
Recordemos la frase de Fiodor Dostoïesvski: "L´art sauvera le monde" (el arte salvará al mundo).
domingo, 29 de junio de 2014
RETRATO DE JANE AUSTEN
Hasta ahora, las imágenes que más me cuadraban acerca de una de mis escritoras favoritas, Jane Austen, era la de un boceto que le hizo su querida hermana Cassandra en 1810 y una adaptación de éste, en 1870, para la portada de su primera biografía escrita por James Andrews.
Sin embargo, acabo de descubrir que en 1911 la escritora Paula Byrne recibió de su marido, el estudioso de Shakespeare Jonathan Bate, un retrato inédito de Jane que data de 1815, dos años antes de su fallecimiento. Lo compró en una subasta y es un dibujo en grafito sobre vitela que formó parte, durante muchos años, de una colección privada y se vendió al mejor postor como "un retrato imaginario de Jane Austen".
Detrás del cuadro pone Miss Jane Austin (la otra forma de escribir Austen) y, aunque esto no es ninguna prueba irrefutable, bien es verdad que historiadores de arte, especialistas de moda, analistas forenses y los tres académicos que más saben sobre el mundo de Austen, creen que la imagen puede ser real. Es mucho más verosímil que el rostro del cuadro exprese los profundos sentimientos que ella manifestaba en sus cartas:
"me enorgullezco de mi escritura y me desespera que no sea tomada en serio" .
La nueva obra descubierta nos muestra a una escritora poderosa, una mujer cómoda en su papel y, además, al fondo se ve la Abadía de Wetsminster, de Londres, lugar en el que ella estaba pasando una temporada por las mismas fechas en casa de su hermano Henry...
Sin embargo, acabo de descubrir que en 1911 la escritora Paula Byrne recibió de su marido, el estudioso de Shakespeare Jonathan Bate, un retrato inédito de Jane que data de 1815, dos años antes de su fallecimiento. Lo compró en una subasta y es un dibujo en grafito sobre vitela que formó parte, durante muchos años, de una colección privada y se vendió al mejor postor como "un retrato imaginario de Jane Austen".
Detrás del cuadro pone Miss Jane Austin (la otra forma de escribir Austen) y, aunque esto no es ninguna prueba irrefutable, bien es verdad que historiadores de arte, especialistas de moda, analistas forenses y los tres académicos que más saben sobre el mundo de Austen, creen que la imagen puede ser real. Es mucho más verosímil que el rostro del cuadro exprese los profundos sentimientos que ella manifestaba en sus cartas:
"me enorgullezco de mi escritura y me desespera que no sea tomada en serio" .
La nueva obra descubierta nos muestra a una escritora poderosa, una mujer cómoda en su papel y, además, al fondo se ve la Abadía de Wetsminster, de Londres, lugar en el que ella estaba pasando una temporada por las mismas fechas en casa de su hermano Henry...
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