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martes, 12 de febrero de 2019

IMPULSO

El buen impulso es medido y consciente, es una metafortaleza que une motivación y cognición, que nace de una decisión voluntaria creada después de un proceso cognitivo. De esa voluntad cognitiva, la razón genera una emoción capaz de movilizarnos para conseguir grandes gestas y no escatimar esfuerzos.

No tiene nada que ver con la impulsividad, pues el impulso no es más que la fuerza motivadora que la razón puede crear a partir de un proceso de análisis, por eso nos lleva a tomar las riendas de nuestra vida y de nuestras decisiones. El buen impulso no es el compulsivo, sino el reflexivo.

Nuestra vida no es más que el resultado de las decisiones que tomamos y de las que dejamos de tomar. Sabemos que la vida es cambio y que necesitamos tanto la calma como el reto para podernos convertir en quienes estamos destinados a ser. La vida es incontrolable y hay momentos en los que nos sentimos estresados, sentimos miedo, sentimos angustia y cierta sensación de desamparo que nos deja sumidos en una profunda tristeza.

Sin embargo, eso no implica que no busquemos activamente la serenidad pues disponemos de "homeostasis": nuestro cuerpo y nuestra mente toleran ciertos niveles de tensión motivacional, pero pasados esos niveles, necesita hacer algo para recuperar el nivel homeostásico.

Cuando estamos demasiado excitados nuestro cuerpo nos lanza un mensaje para que busquemos la calma. Nuestra mente necesita tranquilidad tanto como activación y por eso, en períodos de estrés, necesitamos recuperar nuestros depósitos de sosiego y hacer algo para compensar esos niveles de tensión.

La luz tamizada de un bosque, el sonido de la lluvia, los colores y las fragancias de las flores mientras damos un paseo por el campo en cualquier estación del año nos templan el alma y es algo que tenemos al alcance de la mano sin grandes gastos ni esfuerzos. Una mente calmada piensa mejor y con mayor profundidad y si desarrollamos la paciencia contemplativa aceptaremos y observaremos lo que nos rodea con amabilidad...


jueves, 1 de octubre de 2015

¡EN MARCHA!

Hoy, mi primer día del Curso 2015-2016, me pongo mis zapatitos rojos y ¡en marcha! Ha llegado el momento, después de las largas vacaciones, de empezar a llevar a cabo todos los planes y proyectos que tengo in mente pues mi estado anímico me predispone a "estar lista para actuar". Sé que me van a salir al paso un montón de retos y dificultades, pero también sé que cuento con la fe, la esperanza, la fortaleza y la compasión necesarias para vivir con coraje y determinación.


Mi terminología será constructiva y vitalista y procuraré no dejarme torpedear por palabras como aburrimiento, pasividad, insensibilidad, angustia, depresión, indiferencia, despersonalización... ¡no!, ya es hora de cambiar el chip y aportar ideas nuevas que lleguen al corazón, pues son las que de verdad nos despiertan.

Procuraré ser coherente entre lo que pienso, siento y hago pues sé que la incoherencia individual produce un estado de caos, confusión y conflicto. El mundo actual ha permitido que la incoherencia se propague como una pandemia y yo quiero probar si la coherencia produce el efecto contrario.

Dependemos unos de otros para nuestro bienestar emocional y físico. Un comentario negativo puede provocar un caos físico en nuestro cuerpo, mientas que uno positivo puede convertir el caos en armonía. Emociones como el amor, la compasión, la empatía y la alegría devuelven al cuerpo un estado de equilibrio conocido como "homeostasis" en el que se activan los mecanismos de autorreparación dando como resultado la sanación biológica. Está demostrado que, cuando una persona se siente bien, los que están alrededor también lo hacen pues ambas fisiologías se reflejan una en la otra. Es decir, mi felicidad puede sanar a otra persona igual que me sana a mí.

 Igual que un pensamiento viaja por internet y llega a millones de personas en cuestión de horas, la felicidad de una persona no tiene límites. Se multiplica exponencialmente como una infección benigna, creando orden en vez de desorden, unidad en vez de separación. No me veo como un individuo separado de los demás, sino formando parte de un todo y así mi visión de la vida es más completa.

Estoy absolutamente convencida de que lo que tememos y deseamos cambiar puede transformarse mediante la felicidad (el bienestar), desde los anhelos más simples a los más profundos... de forma que ¡allá vamos!