sábado, 30 de septiembre de 2023

HERMÉS

 

Todo lo que se relaciona con la Maison Hermés me atrae irresistiblemente y es que su lema "piel, deporte y tradición de elegancia refinada" sigue totalmente vigente generación tras generación. Desde 1837, que fue creada, su minucioso trabajo artesanal y el tener en cuenta hasta el menor detalle del estilo de vida de sus clientes, ponen constantemente de manifiesto que su espíritu de libertad y creación no dejan de estar atentos a la evolución de la sociedad.

Cuando la Maison Hermés ya contaba con cien años de historia, la firma decidió imprimir en un trozo de seda una imagen creada en madera por uno de los miembros de la familia, Robert Dumas. Se trataba del dibujo de la primera línea de autobús, inaugurada por aquel entonces en París, entre la plaza de la Bastille y la Madeleine.

Bajo el título Jeu des omnibus et dames blanches se convertiría en el primer pañuelo de seda de la Maison y en el principio de una tradición que ha acompañado a la marca hasta nuestros días.

Su emblemático logo tuvo su origen en un cuadro titulado "Le duc attelé, Groom à l´attente" (carruaje enganchado, mozo esperando) cuyo autor era Alfred de Dreux. En 1880 el taller de arneses, en el que se trabajaban con finura discreta materiales de la mejor calidad y con la mayor garantía de resistencia, se trasladó al Faubourg Saint-Honoré, ya que su nombre estaba suficientemente asentado entre la nobleza y la alta burguesía. No en vano, en la Exposición Universal del Arte y la Industria de París (1867), su proeza técnica fue recompensada y reconocida con un premio.

Para elaborar un carré se necesitan más de 300 capullos de seda, se emplean unas 400 horas en la creación de sus grabados y son necesarias cerca de 800 personas en todo el proceso de fabricación. Una creación que se inicia con la imaginación desbordante de unos dibujantes que plasman sus ideas en papel, para contar una historia, mostrar un lugar o exaltar la naturaleza. Sus diseños son muy variados y de temática muy diversa.

Finalizado el dibujo, entra en juego uno de los éxitos del pañuelo Hermés: el color. Expertos coloristas combinan diferentes tonalidades para crear una composición sorprendente. Después, los mejores artesanos realizan las planchas con las que se imprimirá el dibujo sobre la seda y serán las costureras las que - por último - lo rematarán cosiendo a mano sus bordes a modo de roulotte, es decir, enrollándose hacia el exterior. Cada año se diseñan dos nuevas colecciones y se relanzan cinco diseños antiguos en diferentes colores de edición limitada. Buena inversión para el fondo de armario, atemporal, colorista y versátil.

Esta Maison parisina, con una maravillosa herencia y un sentido único de la excelencia, sigue triunfando en una mundo sometido a la obsolescencia programada de la tendencia; ella se mantiene fuerte y fiel a sus valores, pues sabe que su marca es la mejor respresentante de la obra bien hecha, el sentido de la elegancia y la discreción.

Casualidades del destino, el prusiano Thierry Hermés, que abrió un taller de bridas y forjados para la industria del transporte en la rue Basse-du-Rempart en París, tuvo la virtud de adivinar lo que sus clientes esperaban y de llamarse como el dios Hermes, representante de la prosperidad y protector de los viajeros.

Famosos fueron en 1900 su Haut à courroies (HAC), primer bolso-alforja para las sillas de montar; su primera chaqueta de golf con cremallera en 1918; en 1935 su sac à dépéches y, cómo no, sus bolsos Birkin y Kelly.

jueves, 28 de septiembre de 2023

THE DOCTOR

 

A finales del siglo XIX, se desarrolló en pintura un subgénero del realismo social, llamado pintura hospitalaria, para atraer la atención sobre la enfermedad y miseria que sufría la clase trabajadora de la época industrial, sobre todo en la última etapa de la era victoriana (1880-1900).

En 1887, el adinerado benefactor y gran amante del arte, Henry Tate, mecenas de los prerrafaelitas y amigo personal del pintor Luke Fildes (los dos nacidos en Liverpool), le encargó un cuadro de tema libre para exponerlo en la Tate Britain de Londres, ofreciéndole tres mil libras.

Fildes aceptó e hizo un homenaje al Dr Murray, que había tratado a su hijo mayor cuando éste enfermó de tuberculosis. Tituló el cuadro The Doctor y jamás habría imaginado que su obra se llegaría a convertir en una de las mejores y más famosas representaciones de la relación entre el arte y la medicina.

La frase "curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre" es un antiguo aforismo, respecto a la actuación de un buen médico, que el pintor quiso reflejar plasmando el humanismo ideal de la relación médico-paciente: el interés y la atención del doctor, así como la confianza que los padres han depositado en él, son valores que transcienden a la pintura.

La luz del amanecer de la ventana, de acuerdo con el propio Fildes, anuncia el inicio de la recuperación de la niña. El rostro del doctor (autorretrato del artista) está pensativo, con su mirada atenta a la paciente, la mano sosteniendo su mentón y quizá dudando si se le habrá escapado algún detalle en el diagnóstico de la enfermedad...

La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias, la más científica de las humanidades, sin embargo, a pesar de que se ha avanzado mucho en la ciencia, ha habido un detrimento en el arte de curar, debido a lo cual la opinión sobre los médicos y la medicina no es demasiado favorable en la actualidad.

Y esto se debe a que la vigilancia de los pacientes a través de sensores, monitores y equipos muy complejos no podrán suplir jamás la empatía, la comunicación y el interés genuino del doctor con su paciente. Sin desdeñar ninguno de los medios más avanzados que la ciencia le ofrezca, él jamás podrá prescindir de intentar sanar con inteligencia y sensibilidad, con sabiduría...




jueves, 21 de septiembre de 2023

CUIDAR EL LENGUAJE

 

El desorden y la desorganización de la conversación pública actual consiste básicamente en que ya no hay filtros de entrada ni una selección de temas cuidadosamente pensada, por lo que se ha convertido en un "no territorio" en el que, si nos metemos,  no podremos salir.

En este espacio público caótico, en el que cada vez hay menos tiempo para pensar, leer o escuchar, cunde el pánico entre los comunicadores: si no eres capaz de crear impacto, no existes; la  moderación es un lastre porque con ella se llega a un menor número de gente y  sin contundencia no te escucha nadie; todo vale con tal de conseguir mayores audiencias (principal objetivo).

Pero no estamos condenados a que esa mentalidad utilitaria se imponga sobre nuestra integridad. Podemos: usar palabras que no hieran o falten al respeto; tomarnos en serio los argumentos del rival; dedicar tiempo a investigar unos hechos para elegir el adjetivo más adecuado; renunciar a montar polémica... 

Es bueno perseguir y proponer un ideal que nos haga mejores. Para ello, no debemos abdicar de nuestras convicciones ni dejar de llevar a cabo una apasionada (y necesaria) confrontación de ideas, porque este ideal tiene que ver con el respto y con la determinación de que las palabras que dependen de cada cual no contribuyan a enrarecer el espacio público.

Cuidar el lenguaje y considerar al lector un ser inteligente, dando la misma importancia a la eficacia que a la integridad y el buen hacer, es lo que abunda entre los escritores que no se dejan arrastrar por la insensatez. Ellos no son ruidosos (el bien es silencioso) pero su forma de hacer es mucho más contagiosa de lo que imaginamos. 

Dice el historiador y filósofo Michel Foucault que "el lenguaje es el instrumento de la biopolítica". Si se cambia el significado de las palabras, se logra que las personas cambien, porque cambia su forma de pensar y de relacionarse con el mundo. Se trata de un colonialismo encubierto al que debemos resistirnos, pues cualquier persona que tenga un mínimo de sentido común y conciencia de lo que está sucediendo, tiene que esmerarse y no aceptar el retorcimiento del lenguaje o la perversa utilización ideológica de las palabras.

Ante esto, no hay más posibilidad que el testimonio, que nuestras palabras sean más atractivas y novedosas que las que utilizan los manipuladores y por ello es imprescindible estar presente en aquellos lugares en los que la palabra es el centro de la celebración. 

Sigamos lo que nos dicta nuestra naturaleza de seres humanos, pues cuando vamos contra ella generamos insatisfacción, trastornos y disfunciones. El progresivo deterioro espiritual, anímico y mental de nuestra sociedad produce hastío, por eso no podemos demorar más el demostrar un compromiso firme y una alternativa radicalmente novedosa a la hora de cuidar nuestro lenguaje.

Debemos recordar siempre que el lenguaje es la música que nos habita, el estribillo que pone ritmo a nuestra respiración, y que una vida con un lenguaje descuidado carece de música, es sorda y se siente cercenada.


martes, 19 de septiembre de 2023

CONFIANZA

 

La confianza es la esperanza firme que tenemos en que algo suceda, sea o funcione de una forma determinada o en que otra persona actúe como deseamos. También se refiere a la seguridad que tenemos al emprender una acción difícil o comprometida.

Tener un sentido interno y realista de nuestras capacidades es algo crucial para gestionar los retos emocionales y alcanzar nuestros objetivos, pero tanto para nuestra salud mental como para nuestra resiliencia es fundamental que seamos capaces de confiar.

Cuando confiamos, no sólo fortalecemos nuestras capacidades sino las de los demás, porque la confianza es un ingrediente mágico de las relaciones humanas. Es cierto que cada vez nos cuesta más ponernos en manos de otras personas, fiarnos de los expertos y asumir riesgos, pues actualemente la confianza es un valor que está en crisis, por eso, si realmente pretendemos revitalizar las relaciones personales y sociales, debemos reflexionar sobre este pegamento que une nuestra vida a la de los demás.

Sin confianza no podemos mantener relaciones en el tiempo y que éstas den frutos. Cuando los demás confían en nosotros, nos sentimos más valorados y aumentan nuestras ganas de colaborar, somos más creativos y capaces de aceptar riesgos.

La confianza está siempre presente en nuestra vida, hasta en las cosas más pequeñas de lo cotidiano, pues ata o une nuestra voluntad incierta a una certeza que aún no poseemos (cuando abrimos el grifo confiamos en que salga el agua...). En realidad es una relación esperanzadora con lo desconocido, un abandonarse.

Necesitamos la confianza como lubricante de la vida social, ya que agiliza las relaciones e impide que la valoración de los riesgos bloquee las decisiones. La vida sólo puede avanzar sin garantías. Hay que tener el coraje de confiar para poder crecer, evolucionar.

Para que los demás confíen en nosotros, nuestras obras deben preceder a nuestras palabras, dejando traslucir que deseamos el bien de la otra parte. Nada corroe más las relaciones que la mentira y nada las favorece más que la integridad, la coherencia y la fidelidad. Comunicar valores, talentos y deseo de servir es la mejor manera de establecer vínculos estables y beneficiosos.

Decía Aristóteles: "La belleza atrae, la inteligencia encanta y la bondad retiene".

sábado, 16 de septiembre de 2023

TRADICIÓN

 

Casi todo nuestro conocimiento está fundado en la confianza (con toda fe) que nos merecen quienes nos lo transmiten y a esta forma de confianza, que entreteje generaciones, la llamamos tradición. Como merecedora de nuestra admiración y gratitud, ella es la posesión más preciosa de la que disponemos, por eso tenemos el deber moral de ser conscientes de lo que recibimos y transmitirlo a quienes nos sucedan.

Es pues nuestra responsabilidad mantener la tradición viva y perpetuamente renovada porque cuidarla con esmero es una empresa admirable, quizá la más admirable de cuantas empresas podamos acometer. Velando por su crecimiento, regándola con nuestra curiosidad y podándola de adherencias que la puedan dañar, podremos entregarla a la generación venidera aún más cultivada de como la recibimos.

La palabra latina traditio significa entrega, transmisión, y eso es lo que hace la tradición: transmitir vida, afectos y valores. Todo ello lo recibimos de forma natural en la familia, donde empezamos a desarrollar nuestro cordial y sagrado anhelo de relacionarnos con los demás y de empezar a crear vínculos entre unos y otros. De esa forma es como se va creando una larga cadena viviente en la que cada generanción  absorbe el acervo moral y cultural de la anterior y lo transmite a la siguiente.

Desde que el mundo es mundo, en el arte y en la vida, la civilización humana ha crecido sobre el humus fecundo de los tesoros que las generaciones anteriores se encargaron de preservar, mejorar y ceder en herencia a quienes venían después, creándose así unos vínculos muy poderosos y resistentes que daban seguridad al hombre.

Sin embargo, en la actualidad, existe un afán desmedido de destruir la tradición, algo que no es en absoluto inocente. Está demostrado que una persona desvinculada (con su presente, pasado y porvenir) pierde poco a poco su esencia y se va convirtiendo en un ser alienado, fácil de manipular y susceptible de formar parte de la llamada "ingeniería social".

Y ese ser sin afectos, frágil y vulnerable, no puede mitigar su desamparo con los espejuelos que le ofrecen la modernidad y la sociedad de consumo. Su vida está basada en la desconfianza, se hace muy egoísta y no es capaz de entender lo que le rodea, por eso está lleno de miedos y paranoias, no tiene horizontes y es propicio a tener visiones conspiranoicas de la historia, a ser excesivamente individualista y a caer en supersticiones estrafalarias. 

Muchas personas de esas características son las que contribuyen a destrozar el tejido celular de la sociedad y a que la evolución humana se convierta en involución y retroceso, lo que nos demuestra que es fundamental que nuestros vínculos se hagan cada vez más fuertes y que no tengamos la menor neblina al sentirnos unidos a quienes fueron capaces de preparar lo que nos encontramos al nacer.

Como contrapunto, hay una mayoría silenciosa de individuos, familias, grupos, comunidades... que tienen ideales comunes, sueños compartidos y afectos heredados, que se sienten el eslabón único e irrepetible de la cadena viva que entre todos (presentes y ausentes) formamos y que tienen la esperanza firme de que lo que transmitan será beneficioso e imperecedero.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

LILY MILLET

 

En este retrato pintado por Sargent, podemos contemplar a Lily Millet a la edad de treinta años en todo su esplendor. Una niña bien, segura de sí misma y sin prejuicios, que nació en Boston (1855) en plena Gilded Age de las finanzas en EEUU. Y es que, desde mediados del siglo XIX y comienzos del XX se produjo la mayor productividad de América del Norte, su población se triplicó y su riqueza global se multiplicó por trece gracias, fundamentalmente, a la exportación de productos metálicos de todo tipo. Llegó a haber unos cuarenta mil millonarios en un corto período de tiempo.

Elisabeth Merril (Lily), hermosa, resuelta y muy vital, se casó por lo civil con Francis Millet, amigo de su hermano en Harvard, que la fascinó nada más conocerle por su increíble don de gentes y por la contagiosa naturalidad con la que respiraba el aire de los dos hemisferios. La boda se celebró en Montmarte (París, 1879) y uno de los pocos testigos de la misma fue Mark Twain, que definía como "un Millet" a las personas extemadamente encantadoras y divertidas.

Lily se atrevió a aportar su atrevido punto de vista en una era de conformidad y - como su marido - pretendía transformar el panorama artístico, social y cultural del momento en que le tocó vivir. Ambos estaban de acuerdo en que era preciso incitar la imaginación para producir un cambio de actitud, en el que la transversalidad estuviera presente, tanto en la vida personal como colectiva.

Francis tenía amistad con muchos artistas europeos e impulsaba a los jóvenes americanos a viajar para ampliar sus horizontes y abrir nuevos mercados. A través de William Morris y otros prerrafaelitas conoció un pueblecito llamado Broadway (Worcestershire, Inglaterra) que le inspiró para crear aquel mismo verano la colonia de artistas que había proyectado.

Entusiasmada con la idea, Lily se implicó de lleno en dicho proyecto y el 23 de mayo de 1885 partía con sus dos niños y su cuñada Lucía Millet desde New York hacia la campiña inglesa. En junio ya se habían instalado en Farnham House, una antigua casa de piedra del siglo XVII, que alquilaron en el centro de Broadway. A finales del mes llegaron los primeros invitados desde Boston, entre ellos el ilustrador F. Barnard con toda su familia, y en agosto aparecía Francis procedente de Roma y Edwin Austen Abbey con un grupo de modelos.

Tanto Lily como Lucía estaban lejos de la mentalidad de las ricas herederas de su país, que desembarcaban en el viejo mundo para contraer matrimonio con aristócratas cuyas propiedades y estilo de vida estaban en serio peligro de extinción. Sin embargo, coincidían con ellas aportando dinamismo y modernidad (con su estilo de vida, decoración de interiores y diseño de jardines) en un lugar en el que parecía haberse detenido el tiempo...

Unas y otras fueron un auténtico soplo de aire fresco, pero al mismo tiempo gozaban de la cercanía de su modelo a seguir - en cuanto a distinción y buen gusto - para ir desarrollando su refinamiento estético y social. Se trataba de un inteligente intercambio entre ambos mundos que, a lo largo del tiempo, daría magníficos resultados.



viernes, 1 de septiembre de 2023

CARNATION, LILY, LILY, ROSE

 

Inspirado en una canción popular titulada "Ye, shepherds, tell me", orfeón pastoral de tres voces masculinas que menciona que la diosa Flora lleva una guirnalda (wreath) como corona en la que hay claveles, lirios y rosas (Carnation, lily, lily, rose), el pintor John Singer Sargent tituló así este cuadro que realizó en el otoño de 1885 y 1886 en Farnhouse, la casa de su gran amigo Francis Millet en Broadway (Inglaterra).

Sargent, el retratista de más éxito de su generación, pintaba con una habilidad técnica que se alejaba del clasicismo adentrándose en el impresionismo francés, que tan bien conocía y admiraba. Cosmopolita, documentaba sus estancias con dibujos y no sólo era experto en pintura, sino también en música y literatura. Muy solicitado en sociedad, era conocido como el soltero de oro.

Adquirió una gran fama en el ambiente artístico francés, pues fue alumno y ayudante en el taller del gran Carolus-Duran, que le supo transmitir su admiración por la pincelada del holandés Frans Halls y del español Velázquez. Viajó a España y en el Prado fue copista (una de sus copias fue Las Meninas).

Sin embargo, en 1884, su retrato de Madame Gautreau (New York, Metropolitan Museum) provocó un gran escándalo en París y huyó a Inglaterra, estableciéndose en Carlton House Terrace (Londres) y convirtiéndose en el pintor preferido de la realeza y la aristocracia. A principios del siglo XX era aclamado como el mejor retratista de su tiempo y se podía permitir viajar con frecuencia a EEUU, al pintoresco sur de Europa, a los Alpes.. comenzando a experimentar el plein air siguiendo a los pintores de la Escuela de Barbizon. 

Un día del verano de 1885, mientras navegaba por el río Támesis en Pangbourne con el pintor estadounidense Abbey, observó unos faroles de papel colgados en los árboles y supo que se llamaban japanese lanterns, lo que le motivó a pintar un cuadro: dos niñas vestidas de blanco encendiendo unas faroles de papel en la hora azul del atardecer; están en un jardín de rosas con algunos claveles amarillos y varios lirios blancos; la hierba está muy alta y ocupa todo el lienzo, por lo que no hay una línea de horizonte que de unas coordenadas y de esa forma se logra una sensación de profundidad que lo envuelve todo.

Trabajó en este cuadro durante meses, pero al final logró captar la magia de  la luz de ese momento entre el día y la noche que apenas dura unos minutos. Pidió al ilustrador F. Barnard que le consintiera tener como modelos a sus hijas, Dolly y Polly, pues tenían el color de pelo que él buscaba, y lo terminó en octubre de 1886.

Hijo de una adinerada familia norteamericana expatriada, que vivía en Europa, Sargent nació en Florencia en 1856 y falleció en Londres en 1925. Se definía a sí mismo como "un americano nacido en Italia, educado en Francia, que observa como un alemán, habla como  un inglés y pinta como un español". Se llegó a convertir en el status symbol del poder de la alta sociedad estadounidense.

Este cuadro fue el primero que vendía a un lugar público y lo compró la Tate Gallery de Londres, donde se encuentra actualmente.



JAPANESE LANTERNS

 

Luther Von Gorder, en su cuadro Japanese Lanterns, hace una cálida evocación de la niñez con grandes empastes impresionistas de color brillante, una luz cálida y la inocencia, diversión y maravilla de la infancia. Lo pintó en 1895, tomando como modelo un cuadro de Sargent (expuesto diez años antes), inspirado en los faroles japoneses por sus luces y sombras.

Llamados chochin forman parte de la vida cotidiana y se cuelgan o se colocan en el suelo; también flotan por ciertos lagos y ríos en homenaje a antepasados fallecidos. Iluminan poco, pues la percepción de la luz del País del Sol Naciente es mucho más sutil que en Occidente.

Son, más bien, una metáfora de la luz que la incandescencia en sí, ya que este farol es una pequeña maravilla de simbolismo. Se hace sentir no sólo en los templos, sino también en las casas de té y los jardines, recordando al ser humano su conexión con la naturaleza a la que pertenece.

La luz sutil, esencial y vibrante está presente en estos faroles de papel, que nos recuerdan que la energía (qi), uno de los fundamentos de la medicina china, recorre nuestro ser. Son como pequeñas guías espirituales que salpican delicadamente el paisaje, enlaces entre el cielo y la tierra. No buscan iluminar, sino realzar la oscuridad que revelan, creando así un cuadro de claroscuro tan mágico como irreal.

Son una fuente de luz, filtrada y tenue, que pretenden magnificar la sombra, ese mundo de incertidumbres y desconocimientos, esa sombra tan querida por los japoneses donde nace lo indecible y la belleza. 

Y es que la sombra es una riqueza estética llena de elegancia e insinuación, una fuente de duda e inspiración, de enigma y revelación. Como un gesto suspendido, la sombra llama hacia otras orillas que nuestro espíritu puede sublimar a placer. La luz incierta de los faroles necesita la oscuridad, que no puede atravesar, porque juntos reflejan la poesía de la vida y de la muerte.

Como la caligrafía, cuyo simple trazo negro despierta la blancura del papel, el halo de los faroles da vida a la sombra que tanto tiene que ofrecer. En la ambigüedad de los medios tonos, las formas se vuelven más sugerentes, los contornos más conmovedores y la belleza más exquisita. Todo lo que no vemos, pero adivinamos, queda entonces impreso en la retina de nuestra imaginación, esa imaginación que la japanese lantern solicita con tanto encanto.

Una vez más, podemos apreciar la influencia del arte japonés en los impresionistas y la riqueza de matices que se produce cuando las influencias entre diferentes formas de ver la vida se entrelazan sin dificultad, fluyendo sin resistencia y aceptando que existe un intercambio mutuo.