El escritor José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967), acabó con la retórica y los grandes circunloquios del Romanticismo aportando un estilo directo y minucioso que muchos han llamado "atómico". Leyó y releyó Los Ensayos de Montaigne como ejemplo a seguir y empezó a escribir en castellano con la sintáctica francesa. Frases cortas, oraciones simples coordinadas y yuxtapuestas (huyendo de las subordinadas); usaba períodos cortos oracionales que entrelazaba con el punto y coma y cerraba con un punto y seguido.
Cuando escribía - a mano y con pluma estilográfica - empleaba los sentidos (vista, oído, olfato) así como las sensaciones y recuerdos. Le gustaba inventar neologismos y sacar del diccionario arcaísmos; cuidaba y se detenía en los detalles, al considerar que el detalle es lo que define el estilo personal del escritor; tenía ojo de pintor impresionista y - por encima de todo - le gustaba usar epítetos en lugar de verbos, que son acción, pues sus escritos eran todo lo contario: narraciones lentas, descriptivas, relajantes, eruditas, y que denotaban un gran amor al paisaje.
Con su lenguaje sobrio y directo unía realidad y sensibilidad para mostrar impresiones en sus escritos. En este fragmento de Castilla podemos apreciar la frase corta, la sintaxis sencilla, la abundante adjetivación a través de la cual se refleja el subjetivismo, la fusión de alma y paisaje y la luz con una variada gama de colores y matices, diseminando pinceladas sueltas sin un orden preciso, de manera que sólo cuando completamos la lectura del texto podemos apreciar la totalidad de lo escrito:
"No puede ver el mar la solitaria y meláncolica Castilla. Está muy lejos el mar de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas; de estos barrancales pedregosos; de estos terrazgos rojizos, en que los aluviones torrenciales han abierto hondas mellas; mansos alcores y terrenos, desde donde se divisa un caminito que va en zig-zag hasta un riachuelo. Las auras marinas no llegan hasta estos poblados pardos de casuchas deleznables, que tienen un bosquecillo de chopos junto al ejido. Desde la ventana de este sobrado, en lo alto de la casa, no se ve la extensión azul y vigorosa; se columbra allá en una colina con los cipreses rígidos, negros, a los lados, que destacan sobre el cielo límpido. A esta olmeda que se abre a la salida de la vieja ciudad no llega el rumor rítmico y ronco del oleaje; llega en el silencio de la mañana, en la paz azul del mediodía el cacareo metálico, largo, de un gallo, el golpear sobre el yunque de una herrería. Estos labriegos secos, de faces polvorientas, cetrinas, no contemplan el mar; ven la llanada de las mieses, miran sin verla la largura monótona de los surcos en los bancales. Estas viejecitas de luto, con sus manos pajizas, sarmentosas, no encienden cuando llega el crepúsculo una luz ante la imagen de una Virgen que vela por los que salen en las barcas. Van por las callejas pinas y tortuosas a las novenas, miran al cielo en los días borrascosos y piden, juntando sus manos, no que se aplaquen las olas, sino que las nubes no despidan granizos asoladores".
Mostrando entradas con la etiqueta MONTAIGNE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MONTAIGNE. Mostrar todas las entradas
sábado, 25 de abril de 2020
jueves, 9 de marzo de 2017
MICHEL DE MONTAIGNE
Iba llegando a mi vida desde lejos, casi sin sentirlo, pero ya está aquí, en el lugar adecuado y en el momento oportuno. En la etapa del camino en la que ahora me hallo, puedo apreciar su "douceur de vivre" y comprender lo que él escribe sobre el pensamiento y el autoconocimiento, pues siento como si me ocurriese a mí, está dentro de mí, en mi interior. Frases como: "Prefiero pensar en mi alma que amueblarla" , "no hay tarea más débil ni más fuerte que la de alimentar los propios pensamientos y los más grandes hacen de ello su ocupación ("quibus vivere est cogitare" "para quienes vivir es pensar", Cicerón)" , "soy muy capaz de hacer y conservar amistades raras y exquisitas" o "hemos de dirigir y de tener nuestros deseos en las cosas más fáciles y cercanas", me resultan tan próximas que me emocionan.
He tenido la sensación de que una venda se ha caído de mis ojos y puedo ver cara a cara a un hombre nacido y muerto muchísimos años antes que yo (1533-1592) y que es más que mi amigo, que está en mí como el maestro interior del que habla San Agustín. Soy consciente de que, a partir de ahora, ya necesito a Montaigne ("Parce que c´est lui, parce que c´est moi").
No es un filósofo sistemático, un pensador duro, sino un verdadero sabio (inteligente y sensible) que no busca ser un modelo de nada ni de nadie, sino que hace un espacio dentro de sí mismo para que se dé, o pueda surgir, lo ejemplar. En realidad lo que hace es enseñar a saber cómo se sabe.
Con una clara conciencia de la fragilidad humana y de la inmediatez de la muerte, se retiró en Périgord para disfrutar de sí mismo y de sus seres queridos, de una existencia campestre y con una excelente biblioteca en la torre circular de su castillo.
No muy alto, orgulloso y atento, inteligente y lúcido, buen conversador que viajó a Alemania e Italia y recibió de su padre una exquisita educación según los principios Erasmistas y aprendió a cultivar su espíritu, sin el menor prejuicio a la hora de pensar.
Tolerante y precavido, brilló como una estrella solitaria en medio de la noche de una Francia oscurecida por las brutales Guerras de Religión.
Filósofo sin Academia, huyó de abstracciones metafísicas y se limitó a comprender lo tangible y real. "Filosofar es aprender a morir", pero primero hay que aprender a vivir con naturalidad una vida plena y lo más satisfactoria posible que, evitando el mal, nos conducirá a una muerte digna.
Siento su influencia en Shakespeare y en Goethe, dos de mis autores de cabecera.
Termino esta íntima reflexión con una de sus frases: "Una prueba de la propia bondad está en confiar en la bondad de los demás".
He tenido la sensación de que una venda se ha caído de mis ojos y puedo ver cara a cara a un hombre nacido y muerto muchísimos años antes que yo (1533-1592) y que es más que mi amigo, que está en mí como el maestro interior del que habla San Agustín. Soy consciente de que, a partir de ahora, ya necesito a Montaigne ("Parce que c´est lui, parce que c´est moi").
No es un filósofo sistemático, un pensador duro, sino un verdadero sabio (inteligente y sensible) que no busca ser un modelo de nada ni de nadie, sino que hace un espacio dentro de sí mismo para que se dé, o pueda surgir, lo ejemplar. En realidad lo que hace es enseñar a saber cómo se sabe.
Con una clara conciencia de la fragilidad humana y de la inmediatez de la muerte, se retiró en Périgord para disfrutar de sí mismo y de sus seres queridos, de una existencia campestre y con una excelente biblioteca en la torre circular de su castillo.
No muy alto, orgulloso y atento, inteligente y lúcido, buen conversador que viajó a Alemania e Italia y recibió de su padre una exquisita educación según los principios Erasmistas y aprendió a cultivar su espíritu, sin el menor prejuicio a la hora de pensar.
Tolerante y precavido, brilló como una estrella solitaria en medio de la noche de una Francia oscurecida por las brutales Guerras de Religión.
Filósofo sin Academia, huyó de abstracciones metafísicas y se limitó a comprender lo tangible y real. "Filosofar es aprender a morir", pero primero hay que aprender a vivir con naturalidad una vida plena y lo más satisfactoria posible que, evitando el mal, nos conducirá a una muerte digna.
Siento su influencia en Shakespeare y en Goethe, dos de mis autores de cabecera.
Termino esta íntima reflexión con una de sus frases: "Una prueba de la propia bondad está en confiar en la bondad de los demás".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


