sábado, 16 de septiembre de 2023

TRADICIÓN

 

Casi todo nuestro conocimiento está fundado en la confianza (con toda fe) que nos merecen quienes nos lo transmiten y a esta forma de confianza, que entreteje generaciones, la llamamos tradición. Como merecedora de nuestra admiración y gratitud, ella es la posesión más preciosa de la que disponemos, por eso tenemos el deber moral de ser conscientes de lo que recibimos y transmitirlo a quienes nos sucedan.

Es pues nuestra responsabilidad mantener la tradición viva y perpetuamente renovada porque cuidarla con esmero es una empresa admirable, quizá la más admirable de cuantas empresas podamos acometer. Velando por su crecimiento, regándola con nuestra curiosidad y podándola de adherencias que la puedan dañar, podremos entregarla a la generación venidera aún más cultivada de como la recibimos.

La palabra latina traditio significa entrega, transmisión, y eso es lo que hace la tradición: transmitir vida, afectos y valores. Todo ello lo recibimos de forma natural en la familia, donde empezamos a desarrollar nuestro cordial y sagrado anhelo de relacionarnos con los demás y de empezar a crear vínculos entre unos y otros. De esa forma es como se va creando una larga cadena viviente en la que cada generanción  absorbe el acervo moral y cultural de la anterior y lo transmite a la siguiente.

Desde que el mundo es mundo, en el arte y en la vida, la civilización humana ha crecido sobre el humus fecundo de los tesoros que las generaciones anteriores se encargaron de preservar, mejorar y ceder en herencia a quienes venían después, creándose así unos vínculos muy poderosos y resistentes que daban seguridad al hombre.

Sin embargo, en la actualidad, existe un afán desmedido de destruir la tradición, algo que no es en absoluto inocente. Está demostrado que una persona desvinculada (con su presente, pasado y porvenir) pierde poco a poco su esencia y se va convirtiendo en un ser alienado, fácil de manipular y susceptible de formar parte de la llamada "ingeniería social".

Y ese ser sin afectos, frágil y vulnerable, no puede mitigar su desamparo con los espejuelos que le ofrecen la modernidad y la sociedad de consumo. Su vida está basada en la desconfianza, se hace muy egoísta y no es capaz de entender lo que le rodea, por eso está lleno de miedos y paranoias, no tiene horizontes y es propicio a tener visiones conspiranoicas de la historia, a ser excesivamente individualista y a caer en supersticiones estrafalarias. 

Muchas personas de esas características son las que contribuyen a destrozar el tejido celular de la sociedad y a que la evolución humana se convierta en involución y retroceso, lo que nos demuestra que es fundamental que nuestros vínculos se hagan cada vez más fuertes y que no tengamos la menor neblina al sentirnos unidos a quienes fueron capaces de preparar lo que nos encontramos al nacer.

Como contrapunto, hay una mayoría silenciosa de individuos, familias, grupos, comunidades... que tienen ideales comunes, sueños compartidos y afectos heredados, que se sienten el eslabón único e irrepetible de la cadena viva que entre todos (presentes y ausentes) formamos y que tienen la esperanza firme de que lo que transmitan será beneficioso e imperecedero.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

LILY MILLET

 

En este retrato pintado por Sargent, podemos contemplar a Lily Millet a la edad de treinta años en todo su esplendor. Una niña bien, segura de sí misma y sin prejuicios, que nació en Boston (1855) en plena Gilded Age de las finanzas en EEUU. Y es que, desde mediados del siglo XIX y comienzos del XX se produjo la mayor productividad de América del Norte, su población se triplicó y su riqueza global se multiplicó por trece gracias, fundamentalmente, a la exportación de productos metálicos de todo tipo. Llegó a haber unos cuarenta mil millonarios en un corto período de tiempo.

Elisabeth Merril (Lily), hermosa, resuelta y muy vital, se casó por lo civil con Francis Millet, amigo de su hermano en Harvard, que la fascinó nada más conocerle por su increíble don de gentes y por la contagiosa naturalidad con la que respiraba el aire de los dos hemisferios. La boda se celebró en Montmarte (París, 1879) y uno de los pocos testigos de la misma fue Mark Twain, que definía como "un Millet" a las personas extemadamente encantadoras y divertidas.

Lily se atrevió a aportar su atrevido punto de vista en una era de conformidad y - como su marido - pretendía transformar el panorama artístico, social y cultural del momento en que le tocó vivir. Ambos estaban de acuerdo en que era preciso incitar la imaginación para producir un cambio de actitud, en el que la transversalidad estuviera presente, tanto en la vida personal como colectiva.

Francis tenía amistad con muchos artistas europeos e impulsaba a los jóvenes americanos a viajar para ampliar sus horizontes y abrir nuevos mercados. A través de William Morris y otros prerrafaelitas conoció un pueblecito llamado Broadway (Worcestershire, Inglaterra) que le inspiró para crear aquel mismo verano la colonia de artistas que había proyectado.

Entusiasmada con la idea, Lily se implicó de lleno en dicho proyecto y el 23 de mayo de 1885 partía con sus dos niños y su cuñada Lucía Millet desde New York hacia la campiña inglesa. En junio ya se habían instalado en Farnham House, una antigua casa de piedra del siglo XVII, que alquilaron en el centro de Broadway. A finales del mes llegaron los primeros invitados desde Boston, entre ellos el ilustrador F. Barnard con toda su familia, y en agosto aparecía Francis procedente de Roma y Edwin Austen Abbey con un grupo de modelos.

Tanto Lily como Lucía estaban lejos de la mentalidad de las ricas herederas de su país, que desembarcaban en el viejo mundo para contraer matrimonio con aristócratas cuyas propiedades y estilo de vida estaban en serio peligro de extinción. Sin embargo, coincidían con ellas aportando dinamismo y modernidad (con su estilo de vida, decoración de interiores y diseño de jardines) en un lugar en el que parecía haberse detenido el tiempo...

Unas y otras fueron un auténtico soplo de aire fresco, pero al mismo tiempo gozaban de la cercanía de su modelo a seguir - en cuanto a distinción y buen gusto - para ir desarrollando su refinamiento estético y social. Se trataba de un inteligente intercambio entre ambos mundos que, a lo largo del tiempo, daría magníficos resultados.



viernes, 1 de septiembre de 2023

CARNATION, LILY, LILY, ROSE

 

Inspirado en una canción popular titulada "Ye, shepherds, tell me", orfeón pastoral de tres voces masculinas que menciona que la diosa Flora lleva una guirnalda (wreath) como corona en la que hay claveles, lirios y rosas (Carnation, lily, lily, rose), el pintor John Singer Sargent tituló así este cuadro que realizó en el otoño de 1885 y 1886 en Farnhouse, la casa de su gran amigo Francis Millet en Broadway (Inglaterra).

Sargent, el retratista de más éxito de su generación, pintaba con una habilidad técnica que se alejaba del clasicismo adentrándose en el impresionismo francés, que tan bien conocía y admiraba. Cosmopolita, documentaba sus estancias con dibujos y no sólo era experto en pintura, sino también en música y literatura. Muy solicitado en sociedad, era conocido como el soltero de oro.

Adquirió una gran fama en el ambiente artístico francés, pues fue alumno y ayudante en el taller del gran Carolus-Duran, que le supo transmitir su admiración por la pincelada del holandés Frans Halls y del español Velázquez. Viajó a España y en el Prado fue copista (una de sus copias fue Las Meninas).

Sin embargo, en 1884, su retrato de Madame Gautreau (New York, Metropolitan Museum) provocó un gran escándalo en París y huyó a Inglaterra, estableciéndose en Carlton House Terrace (Londres) y convirtiéndose en el pintor preferido de la realeza y la aristocracia. A principios del siglo XX era aclamado como el mejor retratista de su tiempo y se podía permitir viajar con frecuencia a EEUU, al pintoresco sur de Europa, a los Alpes.. comenzando a experimentar el plein air siguiendo a los pintores de la Escuela de Barbizon. 

Un día del verano de 1885, mientras navegaba por el río Támesis en Pangbourne con el pintor estadounidense Abbey, observó unos faroles de papel colgados en los árboles y supo que se llamaban japanese lanterns, lo que le motivó a pintar un cuadro: dos niñas vestidas de blanco encendiendo unas faroles de papel en la hora azul del atardecer; están en un jardín de rosas con algunos claveles amarillos y varios lirios blancos; la hierba está muy alta y ocupa todo el lienzo, por lo que no hay una línea de horizonte que de unas coordenadas y de esa forma se logra una sensación de profundidad que lo envuelve todo.

Trabajó en este cuadro durante meses, pero al final logró captar la magia de  la luz de ese momento entre el día y la noche que apenas dura unos minutos. Pidió al ilustrador F. Barnard que le consintiera tener como modelos a sus hijas, Dolly y Polly, pues tenían el color de pelo que él buscaba, y lo terminó en octubre de 1886.

Hijo de una adinerada familia norteamericana expatriada, que vivía en Europa, Sargent nació en Florencia en 1856 y falleció en Londres en 1925. Se definía a sí mismo como "un americano nacido en Italia, educado en Francia, que observa como un alemán, habla como  un inglés y pinta como un español". Se llegó a convertir en el status symbol del poder de la alta sociedad estadounidense.

Este cuadro fue el primero que vendía a un lugar público y lo compró la Tate Gallery de Londres, donde se encuentra actualmente.



JAPANESE LANTERNS

 

Luther Von Gorder, en su cuadro Japanese Lanterns, hace una cálida evocación de la niñez con grandes empastes impresionistas de color brillante, una luz cálida y la inocencia, diversión y maravilla de la infancia. Lo pintó en 1895, tomando como modelo un cuadro de Sargent (expuesto diez años antes), inspirado en los faroles japoneses por sus luces y sombras.

Llamados chochin forman parte de la vida cotidiana y se cuelgan o se colocan en el suelo; también flotan por ciertos lagos y ríos en homenaje a antepasados fallecidos. Iluminan poco, pues la percepción de la luz del País del Sol Naciente es mucho más sutil que en Occidente.

Son, más bien, una metáfora de la luz que la incandescencia en sí, ya que este farol es una pequeña maravilla de simbolismo. Se hace sentir no sólo en los templos, sino también en las casas de té y los jardines, recordando al ser humano su conexión con la naturaleza a la que pertenece.

La luz sutil, esencial y vibrante está presente en estos faroles de papel, que nos recuerdan que la energía (qi), uno de los fundamentos de la medicina china, recorre nuestro ser. Son como pequeñas guías espirituales que salpican delicadamente el paisaje, enlaces entre el cielo y la tierra. No buscan iluminar, sino realzar la oscuridad que revelan, creando así un cuadro de claroscuro tan mágico como irreal.

Son una fuente de luz, filtrada y tenue, que pretenden magnificar la sombra, ese mundo de incertidumbres y desconocimientos, esa sombra tan querida por los japoneses donde nace lo indecible y la belleza. 

Y es que la sombra es una riqueza estética llena de elegancia e insinuación, una fuente de duda e inspiración, de enigma y revelación. Como un gesto suspendido, la sombra llama hacia otras orillas que nuestro espíritu puede sublimar a placer. La luz incierta de los faroles necesita la oscuridad, que no puede atravesar, porque juntos reflejan la poesía de la vida y de la muerte.

Como la caligrafía, cuyo simple trazo negro despierta la blancura del papel, el halo de los faroles da vida a la sombra que tanto tiene que ofrecer. En la ambigüedad de los medios tonos, las formas se vuelven más sugerentes, los contornos más conmovedores y la belleza más exquisita. Todo lo que no vemos, pero adivinamos, queda entonces impreso en la retina de nuestra imaginación, esa imaginación que la japanese lantern solicita con tanto encanto.

Una vez más, podemos apreciar la influencia del arte japonés en los impresionistas y la riqueza de matices que se produce cuando las influencias entre diferentes formas de ver la vida se entrelazan sin dificultad, fluyendo sin resistencia y aceptando que existe un intercambio mutuo.



jueves, 31 de agosto de 2023

VIVIR Y MORIR

 

Es imprescindible vivir con sentido, pues si miramos a nuestro alrededor nos damos cuenta de que todo en la naturaleza lo tiene y nosotros no debemos ser una excepción. Descubrir nuestra vocación, nuestra misión en el mundo, nos lleva a encontrar ese espacio único e irrepetible que sólo se podrá llenar con nuestra presencia.

Tenemos muchas facetas y dimensiones que vamos descubriendo a largo de nuestra vida y el sentido de la misma será como una brújula que nos guiará hacia la plenitud; habrá también momentos de oscuridad y tormenta que tendremos que aprender a transitar, pero si sabemos hacia dónde vamos las desviaciones temporales no nos impedirán encontrar de nuevo nuestro camino.

El sufrimiento forma parte de nuestras vidas, por ello debemos saber vivenciarlo y aceptarlo como nuestra realidad, pues nuestro cuerpo es materia y como tal está sometido a sus leyes. Sabemos que hay un Orden que rige la realidad y da sentido a todo lo que tiene vida, por lo que nosotros no podemos estar excluidos del mismo.

Los grandes (y no tan grandes) acontecimientos de nuestras vidas no son en absoluto fruto de la casualidad, sino que están dentro del sentido, por eso debemos estar preparados para afrontarlos adecuadamente ya que todos ellos (buenos y malos) llegarán en el momento oportuno trayéndonos enseñanzas y mostrándonos aspectos de la vida que todavía no habíamos descubierto.

La aceptación de lo que nos llega no significa resignación ni pasividad, sino reconocer nuestras limitaciones: si creemos que hay un sentido para la vida, también debe haberlo para la muerte. Somos una realidad que va más allá de lo corporal, de forma que nuestras dimensiones superiores no pueden perderse ni verse afectadas por las leyes materiales. Es muy posible que nuestra vida no tenga un punto final, sino un cambio de sustancia. Lo que ocurra después de morir estará relacionado con nuestra forma de existencia, por lo que el conocimiento y la sabiduría que hayamos adquirido será el único equipaje que nos llevaremos a la hora de continuar en otras esferas nuestra trayectoria vital.

Si vivimos con esta perspectiva, el deseo de evolucionar crece en nuestro interior. El miedo a la muerte se aleja al darnos cuenta de que hay un sentido para nuestra llegada y también para nuestra partida, ya que la vida se nos da y de igual forma la podemos entregar. A la luz de esta vida transformada, nuestra vida puede resultar mucho más interesante de lo que jamás habríamos imaginado.

No somos dueños de ninguna vida, cada cual tiene su biografía única y su propio destino. Sólo cuando sabemos integrar la muerte de un ser querido en el Orden, nos sentimos más ligeros y libres, pues el verdadero amor se produce cuando ayudamos a otro a realizar su destino.

La muerte nos habla también de la experiencia del misterio, una parte fundamental de la existencia humana. Nuestra civilización ha pretendido derribar esta dimensión para dar cabida exclusivamente a la ciencia como instrumento único de interpretación de la realidad. Más la ciencia, con todo su poder, no alcanza a explicar enteramente ni a la naturaleza ni a la persona.

No podemos olvidar que la plenitud humana tiene diversas vías de aproximación y que siempre permanecerá un interrogante que, lejos de asustarnos, nos traerá nuevos aires, apenas atisbados en nuestra experiencia terrenal.

Cuadro de Luther Emerson Van Gorder, titulado "Japanese Lanterns", fue pintado en 1895 siguiendo el modelo del óleo Carnation, Lily, Lily, Rose (de Sargent), que salió a la luz diez años antes.


domingo, 20 de agosto de 2023

BARBIZON

Al borde del bosque de Fontainebleau se halla Barbizon, uno de los pueblecitos pintorescos de Seine-en-Marne, al sur de París, que pertenece a la región parisina de l´Île-de-France. Lo que en su momento no era más que una aldea de leñadores, entre 1830 y 1875 se llegó a convertir en el escenario de una revolución que cambiaría el curso de la pintura moderna, ya que llegaron a ella paisajistas de la fama de Théodore Rousseau, Corot, Millet, Daubigny... que, pintando al aire libre y lejos del rigor academicista, fueron unos de los precursores del Impresionismo.

Unos se instalaron por su cuenta en sus casas-taller y otros se empezaron a hospedar en el Albergue Ganne, propiedad de un matrimonio que convirtió su tienda de ultramarinos en un auténtico hogar para aquellos valientes pioneros que se atrevieron a romper con lo establecido. En muchas ocasiones pagaban su alojamiento pintando muebles, murales o cuadros y madame Ganne les preparaba su bouchon (almuerzo) antes de salir a pintar. Actualmente se ha convertido en Museo Departamental y podemos contemplar en directo tanto la obras como el estilo de vida de aquellos singulares huéspedes.

En realidad el primero que pintó al aire libre fue, un siglo antes, Pierre-Henri de Valenciennes y en Inglaterra, a comienzos del XIX, Constable se hizo paisajista profesional. En el atelier de Millet, el más emblemático del grupo de Barbizon, sigue su obra y la irrepetible atmósfera que supo crear.

En la calle central del pueblo hay casas maravillosas, galerías de arte, tiendecitas, algún salón de té y mucha calma. Es de esos lugares en los que te gustaría permanecer sin tiempo para poderte empapar de todo lo que en él se ha vivido durante tantos años.

Ya a las afueras, al comenzar el bosque, un circuito nos señala los lugares transitados por los pintores en los que se sentaban ante sus caballetes, con su sombrilla y sus modernos tubos de óleo, a intentar captar de la naturaleza todo lo que ésta les ofrecía, fuera de su estudio y sin más normas que las suyas propias.

Como ellos, podemos contemplar serenamente el juego de luces y la oscuridad de las sombras, las albercas; sentir el aire que mece las hojas o el cambio de color en unas nubes que amenazan tormenta. Es sumergirse con ellos en su nueva forma de hacer y de estar en el mundo, algo que no ha cambiado a través de los años.

Recordar, cuidar y potenciar el arte es una cualidad de los franceses que siempre he admirado. Su savoir faire y su joie de vivre en gran parte viene del reconocimiento de la huella que han dejado sus antecesores y de saberlo transmitir - siempre mejorado - a sus sucesores.
  



 




jueves, 17 de agosto de 2023

PLEIN AIR

 

La mayor parte de la pintura se desarrollaba en estudios, entre cuatro paredes, pero hubo un momento en que los artistas tuvieron la idea de pintar al natural para captar los efectos de la luz y la atmósfera que rodeaba a las cosas y así representar la naturaleza de un modo realista.

"Plein Air" o pintar al aire libre constituyó en la historia un hito tan importante como escandaloso, pues significaba que el pintor rechazaba los patrones convencionales e ideales de la belleza bastante artificiosa que se enseñaba en Academias.

El artista dejaba de estar encerrado en su estudio para buscar la experiencia directa con el mundo. En un primer momento, el pintor tomaba apuntes del natural y luego los plasmaba en el lienzo en su estudio, pero más tarde se lanzó a pintar directamente bajo el cielo llevando caballetes portátiles.

Fue crucial una cuestión técnica: en la segunda mital del siglo XIX también se podían transportar con facilidad los óleos, ya que empezaron a venderse en tubos y el artista no tenía que preparar los colores uno por uno. Renoir dijo: "Sin los tubos de pintura no existirían los impresionistas".

 Si bien hubo algunos artistas que en siglos anteriores estudiaban la naturaleza al aire libre, esta revolución se dio en el XIX con Constable y Turner en Inglaterra; con la Escuela de Barbizón y los impresionistas en Francia y con los Macchiaioli en Italia.

Fue una idea realmente perturbadora para le época, pues el arte dejaba definitivamente de perseguir la Belleza por ir en busca de la Verdad. Se trataba de una primera etapa en la que se intentaba descubrir cómo es la realidad, cómo se percibe y cómos se siente.