El caballero cristiano tiene carácter de paladín pues siglos de Reconquista le han impregnado de religiosidad, así como del convencimiento de que la vida es lucha para imponer a la realidad circundante una forma buena que, por sí misma, no tendría. No sólo es un propugnador del bien sino la forma directa de procurarlo. La grandeza es el sentimiento de su propia valía, ya que él da más importancia a lo que es que a lo que posee; la mezquindad es todo lo contrario. Y es este desprecio hacia las cosas materiales lo que, en la historia de la Hispanidad, se ha traducido en una pobre visión de lo económico, pues las riquezas obtenidas en América no se utilizaron en desarrollar el capitalismo, sino en financiar la empresa imperial. El caballero cristiano es la antítesis del burgués calculador...
La alta conciencia de sí mismo lleva al caballero cristinao a ser valiente y arrojado, con el valor que procede de la adhesión a una idea, a una convicción, a una causa y no de la inconsciencia. La combinación de confianza en sí mismo, grandeza y arrojo se traducen en altivez. Él toma sus decisiones obedeciendo a los dictados de su voz interior y no al cálculo de las posiblidades de éxito.
El caballero cristiano tiene una fuerte personalidad y siempre antepone las relaciones reales a las formales y difícilmente obedecerá a quien no tenga madera de jefe, aunque tenga legitimidad legal. El honor es el reconocimiento, en forma exterior y visible de su valía individual interna e invisible. Como dice Calderón de la Barca: "El honor es patrimonio del alma y el alma es sólo de Dios".
Para el caballero cristiano la vida es la preparación de la muerte, que iguala a todos los hombres más allá de la convecciones sociales. "Nuestras vidas son ríos que van a dar en el mar, que es el morir. Allá van los señoríos prestos a se acabar de consumir" (Jorge Manrique).
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martes, 7 de abril de 2020
viernes, 21 de abril de 2017
INTERCAMBIOS
La naturaleza nos ha dado los órganos de los sentidos (tacto, gusto, oído, olfato y vista) para que podamos hacer intercambios con la creación y con las demás criaturas.
Nuestra vida afectiva e intelectual consiste también en "encuentros": con las palabras, los pensamientos y los sentimientos no dejamos de tejer una red de relaciones que es la base de nuestra vida familiar y social.
Me temo que, en la actualidad, no se obtienen suficientes beneficios de estos intercambios debido a la falta de atención mantenida para estar plenamente consciente de lo que se vive. No existe una realidad objetiva sino lo que cada uno vive y siente. Podemos dudar de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que tocamos... pero lo que sentimos, no podemos ponerlo jamás en duda; es una realidad. Todo vive, todo vibra, todo irradia; ese es el resplandor de la creación que podemos sentir sin necesidad de ver.
Es cierto que cuanto más sensible se vuelve un ser, más se expone a sufrir por todo lo que oye y escucha a su alrededor, pero ¿hay que volverse insensibles para no sufrir? ¡No! Nos volveríamos duros como las piedras...
Es el grado de sensibilidad el que determina la grandeza de un ser humano, pero no hay que confundirla con sensiblería.
Ser sensible es ser capaz de abrirse cada vez más a lo que nos rodea, de captar maravillas, de planear alto y de irse haciendo cada vez más inmune a la estupidez, la vulgaridad y la maldad. A mayor belleza, mayor alegría, mayor bienestar, mayor claridad.
La inteligencia del hombre no es sólo producto de sus estudios y de sus reflexiones, sino la consecuencia del estado (bueno o malo) de todas las células de su cuerpo.
No deberíamos preocuparnos únicamente de nuestro buen alimento físico, sino también del psíquico (sensaciones, sentimientos, deseos, pensamientos). A medida que vamos mejorando y puliendo nuestra forma de vida, lo hacemos con nuestra inteligencia. Podemos nutrirnos, por ejemplo, del perfume de las flores sin necesidad de cogerlas ya que disfrutar de su fragancia es suficiente. Hay personas que, como las flores, propagan a su alrededor luz, calor, poesía.
Abriéndonos a la naturaleza ella nos hace participar de su vida. No nos sentimos realmente vivos hasta que decidimos entrar en relación con esta vida inmensa, inagotable, que se manifiesta por todas partes en el universo.
Nuestra vida afectiva e intelectual consiste también en "encuentros": con las palabras, los pensamientos y los sentimientos no dejamos de tejer una red de relaciones que es la base de nuestra vida familiar y social.
Me temo que, en la actualidad, no se obtienen suficientes beneficios de estos intercambios debido a la falta de atención mantenida para estar plenamente consciente de lo que se vive. No existe una realidad objetiva sino lo que cada uno vive y siente. Podemos dudar de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que tocamos... pero lo que sentimos, no podemos ponerlo jamás en duda; es una realidad. Todo vive, todo vibra, todo irradia; ese es el resplandor de la creación que podemos sentir sin necesidad de ver.
Es cierto que cuanto más sensible se vuelve un ser, más se expone a sufrir por todo lo que oye y escucha a su alrededor, pero ¿hay que volverse insensibles para no sufrir? ¡No! Nos volveríamos duros como las piedras...
Es el grado de sensibilidad el que determina la grandeza de un ser humano, pero no hay que confundirla con sensiblería.Ser sensible es ser capaz de abrirse cada vez más a lo que nos rodea, de captar maravillas, de planear alto y de irse haciendo cada vez más inmune a la estupidez, la vulgaridad y la maldad. A mayor belleza, mayor alegría, mayor bienestar, mayor claridad.
La inteligencia del hombre no es sólo producto de sus estudios y de sus reflexiones, sino la consecuencia del estado (bueno o malo) de todas las células de su cuerpo.
No deberíamos preocuparnos únicamente de nuestro buen alimento físico, sino también del psíquico (sensaciones, sentimientos, deseos, pensamientos). A medida que vamos mejorando y puliendo nuestra forma de vida, lo hacemos con nuestra inteligencia. Podemos nutrirnos, por ejemplo, del perfume de las flores sin necesidad de cogerlas ya que disfrutar de su fragancia es suficiente. Hay personas que, como las flores, propagan a su alrededor luz, calor, poesía.
Abriéndonos a la naturaleza ella nos hace participar de su vida. No nos sentimos realmente vivos hasta que decidimos entrar en relación con esta vida inmensa, inagotable, que se manifiesta por todas partes en el universo.
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