El caballero cristiano tiene carácter de paladín pues siglos de Reconquista le han impregnado de religiosidad, así como del convencimiento de que la vida es lucha para imponer a la realidad circundante una forma buena que, por sí misma, no tendría. No sólo es un propugnador del bien sino la forma directa de procurarlo. La grandeza es el sentimiento de su propia valía, ya que él da más importancia a lo que es que a lo que posee; la mezquindad es todo lo contrario. Y es este desprecio hacia las cosas materiales lo que, en la historia de la Hispanidad, se ha traducido en una pobre visión de lo económico, pues las riquezas obtenidas en América no se utilizaron en desarrollar el capitalismo, sino en financiar la empresa imperial. El caballero cristiano es la antítesis del burgués calculador...
La alta conciencia de sí mismo lleva al caballero cristinao a ser valiente y arrojado, con el valor que procede de la adhesión a una idea, a una convicción, a una causa y no de la inconsciencia. La combinación de confianza en sí mismo, grandeza y arrojo se traducen en altivez. Él toma sus decisiones obedeciendo a los dictados de su voz interior y no al cálculo de las posiblidades de éxito.
El caballero cristiano tiene una fuerte personalidad y siempre antepone las relaciones reales a las formales y difícilmente obedecerá a quien no tenga madera de jefe, aunque tenga legitimidad legal. El honor es el reconocimiento, en forma exterior y visible de su valía individual interna e invisible. Como dice Calderón de la Barca: "El honor es patrimonio del alma y el alma es sólo de Dios".
Para el caballero cristiano la vida es la preparación de la muerte, que iguala a todos los hombres más allá de la convecciones sociales. "Nuestras vidas son ríos que van a dar en el mar, que es el morir. Allá van los señoríos prestos a se acabar de consumir" (Jorge Manrique).
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martes, 7 de abril de 2020
jueves, 17 de noviembre de 2016
LA CIENCIA Y LA VIDA
En el mes de agosto del 2008, asistí a uno de los Cursos de Verano de El Escorial que se llamaba "Sentido literario y económico de un humanista del siglo XX", en el que pude conocer de cerca al doctor Fuster y a José-Luis Sampredo. A lo largo del mismo contaron cómo, de las conversaciones que mantuvieron ambos durante tres intensos días en el Parador de Cardona (en presencia de Olga Lucas, que es quien lo escribió), surgió un libro: "La ciencia y la vida".
El doctor Fuster (cardiólogo) salvó la vida a José-Luis en el hospital Monte Sinaí de Nueva York, de lo que surgió una profunda amistad.
Tanto uno como otro estaban de acuerdo en que para alcanzar el bienestar (la felicidad), el ser humano debe tener en cuenta tres aspectos fundamentales: conocerse a sí mismo e invertir en su propio talento, ser responsable y hacer una aportación social.
Desubrir sus potencialidades y desarrollarlas es el mejor camino para disfrutar trabajando, hacerlo bien, elevar la autoestima y mantener una postura coherente y consecuente ante la vida.
Se planteaban: ¿cómo podrían ellos contribuir al cambio de una sociedad con valores muy deteriorados?, ¿qué podrían hacer para restaurar los que son imprescindibles para la buena convivencia y para la salud colectiva?
Ambos pensaban que tiene que haber "algo más" y que ese algo más no es otra cosa que "el espíritu".
José-Luis contaba que recordaba a "su médico" (su salvador) como un ángel, alguien que venía a proporcionarle la seguridad necesaria para superar el trance. Empezó a encontrarse tranquilo y a trabajar tomando notas y apuntes; se sentía sereno, en paz. Una de esas notas decía: "hay que vivir el sendero con dignidad... En el umbral de los 80 años ya va siendo hora de empezar de nuevo".
Los asuntos de la vida y de la muerte crean vínculos muy especiales, como lo reflejan estos dos hombres. La relación médico-paciente y la forma de abordar la enfermedad por ambas partes es de vital importancia para obtener buenos resultados.
Según palabras de José-Luis: "Todos vamos en una galera. Si todos los galeotes anónimos unidos nos conjurásemos para remar sólo por una banda, la nave cambiaría el rumbo obligando al timonel a llevar mejor el timón de la nave".
Falleció el 8 de abril de 2013, con 96 años, de forma plácida y tranquila. Antes, quiso ver el mar y asegurarse de que su muerte sería discreta y silenciosa. Su cuerpo físico no está con nosotros, pero sí su energía vital, su alegría y su talante optimista... No nos pudo dejar mejor legado.
El doctor Fuster (cardiólogo) salvó la vida a José-Luis en el hospital Monte Sinaí de Nueva York, de lo que surgió una profunda amistad.
Tanto uno como otro estaban de acuerdo en que para alcanzar el bienestar (la felicidad), el ser humano debe tener en cuenta tres aspectos fundamentales: conocerse a sí mismo e invertir en su propio talento, ser responsable y hacer una aportación social.
Desubrir sus potencialidades y desarrollarlas es el mejor camino para disfrutar trabajando, hacerlo bien, elevar la autoestima y mantener una postura coherente y consecuente ante la vida.
Se planteaban: ¿cómo podrían ellos contribuir al cambio de una sociedad con valores muy deteriorados?, ¿qué podrían hacer para restaurar los que son imprescindibles para la buena convivencia y para la salud colectiva?
Ambos pensaban que tiene que haber "algo más" y que ese algo más no es otra cosa que "el espíritu".
José-Luis contaba que recordaba a "su médico" (su salvador) como un ángel, alguien que venía a proporcionarle la seguridad necesaria para superar el trance. Empezó a encontrarse tranquilo y a trabajar tomando notas y apuntes; se sentía sereno, en paz. Una de esas notas decía: "hay que vivir el sendero con dignidad... En el umbral de los 80 años ya va siendo hora de empezar de nuevo".
Los asuntos de la vida y de la muerte crean vínculos muy especiales, como lo reflejan estos dos hombres. La relación médico-paciente y la forma de abordar la enfermedad por ambas partes es de vital importancia para obtener buenos resultados.
Según palabras de José-Luis: "Todos vamos en una galera. Si todos los galeotes anónimos unidos nos conjurásemos para remar sólo por una banda, la nave cambiaría el rumbo obligando al timonel a llevar mejor el timón de la nave".
Falleció el 8 de abril de 2013, con 96 años, de forma plácida y tranquila. Antes, quiso ver el mar y asegurarse de que su muerte sería discreta y silenciosa. Su cuerpo físico no está con nosotros, pero sí su energía vital, su alegría y su talante optimista... No nos pudo dejar mejor legado.
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