El caballero cristiano tiene carácter de paladín pues siglos de Reconquista le han impregnado de religiosidad, así como del convencimiento de que la vida es lucha para imponer a la realidad circundante una forma buena que, por sí misma, no tendría. No sólo es un propugnador del bien sino la forma directa de procurarlo. La grandeza es el sentimiento de su propia valía, ya que él da más importancia a lo que es que a lo que posee; la mezquindad es todo lo contrario. Y es este desprecio hacia las cosas materiales lo que, en la historia de la Hispanidad, se ha traducido en una pobre visión de lo económico, pues las riquezas obtenidas en América no se utilizaron en desarrollar el capitalismo, sino en financiar la empresa imperial. El caballero cristiano es la antítesis del burgués calculador...
La alta conciencia de sí mismo lleva al caballero cristinao a ser valiente y arrojado, con el valor que procede de la adhesión a una idea, a una convicción, a una causa y no de la inconsciencia. La combinación de confianza en sí mismo, grandeza y arrojo se traducen en altivez. Él toma sus decisiones obedeciendo a los dictados de su voz interior y no al cálculo de las posiblidades de éxito.
El caballero cristiano tiene una fuerte personalidad y siempre antepone las relaciones reales a las formales y difícilmente obedecerá a quien no tenga madera de jefe, aunque tenga legitimidad legal. El honor es el reconocimiento, en forma exterior y visible de su valía individual interna e invisible. Como dice Calderón de la Barca: "El honor es patrimonio del alma y el alma es sólo de Dios".
Para el caballero cristiano la vida es la preparación de la muerte, que iguala a todos los hombres más allá de la convecciones sociales. "Nuestras vidas son ríos que van a dar en el mar, que es el morir. Allá van los señoríos prestos a se acabar de consumir" (Jorge Manrique).
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martes, 7 de abril de 2020
jueves, 30 de julio de 2015
LA FÓRMULA DE BACH
Estas cinco flores se pueden encontrar en el precioso jardín de la casa en la que vivió desde 1934 a 1936 (año en el que falleció en su cama, a los 50 años, mientras dormía y habiendo cumplido su misión). Mount Vernon (Oxfordshire) fue el lugar en el que terminó su obra: un sistema de curación sencillo a base de remedios de plantas comunes para que una persona se pudiera curar a sí misma (serie de 38 remedios florales para 38 emociones divididas en 7 grupos).
Su cuerpo y su mente llegaron a estar en tal grado de sincronicidad (armonía) con su obra que era capaz de sufrir el estado emocional (del que buscaba la curación) para encontrar la flor que necesitaba. Según él, sus gotas (la esencia de la flor pasaba al agua mineral puesta al sol dentro de un frasquito de cristal) ayudan a contactar con el médico interno que pone en marcha el proceso de curación; al ingerirlas, se movilizan los procesos psicológicos que permiten que la persona se haga consciente y se libere de lo que le produce sufrimiento a través del autoconocimiento y recupere su capacidad sanadora oculta tras su dolor y que necesita desarrollar.
El pasado mes de junio estuve allí y la casa por dentro es sencilla, acogedora y llena de paz. Los muebles los hizo él mismo y todo lo que emana es autenticidad y buen gusto. Sus papeles, sus frasquitos con las tinturas, sus fotos, sus cuadros con frases sobre las paredes... En uno de ellos pude leer: "Yo no existo para impresionar al mundo, yo existo para vivir mi vida en la forma en que a mí me hará feliz".
Para él, la salud era el fruto de un equilibrio y armonía emocional. El alma de cada ser vivo viene a cumplir una misión específica y cuando esa misión es interrumpida o bloqueada por los impulsos de la personalidad se presenta el conflicto (desequilibrio) y se manifiesta como enfermedad.
Fue para mí un auténtico placer comprobar que su pensamientos, sentimientos, palabras y actos fueron tan coherentes que todavía en la actualidad su sistema está en plena vigencia y es realmente útil. Sus flores me han llevado a conocerle un poco mejor y ha sido un verdadero descubrimiento...
"Como la buena música u otras cosas grandiosas capaces de inspirarnos, las flores están en condición de elevar nuestra personalidad y acercarnos más a nuestra alma. No curan atacando sino invadiendo el cuerpo con las bellas vibraciones de nuestro mejor yo, ante cuya presencia la enfermedad se derrite como la nieve al sol".
Resalto los 5 principios en los que basó su vida-obra:
. El alma es el ser real de la persona, invencible e inmortal y el cuerpo físico su reflejo.
. Hay que vivir de forma consciente para desarrollar nuestras cualidades y borrar los errores.
. La vida en la tierra es un instante efímero, pero el alma es inmortal y hay que cuidarla.
. Cuando el alma y la personalidad están en armonía se produce el auténtico bienestar (cuando sucede lo contrario, aparece la enfermedad).
. Existe una unidad en todo lo manifestado por lo que todo participa de la misma naturaleza.
martes, 16 de junio de 2015
EL ENCANTO
"Le charme c´est ce qui rend les jolies femmes intelligentes et les moins belles attirantes" ("el encanto es lo que hace inteligentes a las mujeres guapas y atractivas a las menos bellas"), esta es la mejor definición que he encontrado (para mujeres u hombres) acerca de una palabra tan difícil de matizar. Su autora, Marie d´Agoult, fue una interesante escritora francesa del siglo XIX que firmaba sus obras como "Daniel Stern".
Pero no voy a hablar de ella ni de su biografía sino que me voy a centrar en el contenido de la palabra "encanto" (charme). Creo que se nace con más o menos encanto, pero es algo que se puede desarrollar y eso es lo que más me apasiona del tema. En realidad es "el arte de tener una personalidad atractiva" y, así como hay personas que lo muestran en el acto, otras lo van ganando con el tiempo (como el buen vino). En encanto natural se puede desarrollar y perfeccionar con la práctica de unas buenas costumbres...
La actitud encantadora es el interesarse de verdad por los demás y hacer cómoda la situación sin importar la circunstancia. El escuchar es el arte más refinado en cualquier relación (personal o de grupo), pues demuestra un gran respeto y consideración hacia la persona que habla, lo que le aumenta su autoestima y le hace sentir interesante (la otra persona siente con él).
Recordar el nombre de los que acaba de conocer, pronunciarlo a lo largo de la conversación y no omitirlo cuando se despide, es un acto de amor hacia el otro que jamás olvida pues le ha sabido distinguir del resto.
La amabilidad (amable viene de amar) genera la más auténtica empatía rompiendo cualquier barrera o niebla a la hora de entablar cualquier tipo de conversación. Hablar de uno mismo, pero para dar pie a que los otros se abran y muestren sus inquietudes e intereses y solo dar pinceladas de intimidad para que el interés no decaiga son destrezas de alta diplomacia que la persona encantadora maneja con gran solura.
Contestar siempre cualquier tipo de comunicación que la otra persona entable con ella es uno de los signos que más admiro en las pesonas encantadoras, pues en el fondo no es más que buena educación de fondo. Me espanta la pseudo-comunicación hipermoderna en la que todo se sobreentiende (mails sin respuestas, comentarios que se los lleva el viento, llamadas postpuestas, mensajes impulsivo-compulsivos en los que se destroza el lenguaje...).
¿No podríamos dedicar un poco más de tiempo a cultivarnos como personas y a mejorar las relaciones humanas?
Pero no voy a hablar de ella ni de su biografía sino que me voy a centrar en el contenido de la palabra "encanto" (charme). Creo que se nace con más o menos encanto, pero es algo que se puede desarrollar y eso es lo que más me apasiona del tema. En realidad es "el arte de tener una personalidad atractiva" y, así como hay personas que lo muestran en el acto, otras lo van ganando con el tiempo (como el buen vino). En encanto natural se puede desarrollar y perfeccionar con la práctica de unas buenas costumbres...
La actitud encantadora es el interesarse de verdad por los demás y hacer cómoda la situación sin importar la circunstancia. El escuchar es el arte más refinado en cualquier relación (personal o de grupo), pues demuestra un gran respeto y consideración hacia la persona que habla, lo que le aumenta su autoestima y le hace sentir interesante (la otra persona siente con él).
Recordar el nombre de los que acaba de conocer, pronunciarlo a lo largo de la conversación y no omitirlo cuando se despide, es un acto de amor hacia el otro que jamás olvida pues le ha sabido distinguir del resto.
La amabilidad (amable viene de amar) genera la más auténtica empatía rompiendo cualquier barrera o niebla a la hora de entablar cualquier tipo de conversación. Hablar de uno mismo, pero para dar pie a que los otros se abran y muestren sus inquietudes e intereses y solo dar pinceladas de intimidad para que el interés no decaiga son destrezas de alta diplomacia que la persona encantadora maneja con gran solura.
Contestar siempre cualquier tipo de comunicación que la otra persona entable con ella es uno de los signos que más admiro en las pesonas encantadoras, pues en el fondo no es más que buena educación de fondo. Me espanta la pseudo-comunicación hipermoderna en la que todo se sobreentiende (mails sin respuestas, comentarios que se los lleva el viento, llamadas postpuestas, mensajes impulsivo-compulsivos en los que se destroza el lenguaje...).
¿No podríamos dedicar un poco más de tiempo a cultivarnos como personas y a mejorar las relaciones humanas?
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