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martes, 23 de junio de 2020

SHIBUMI

El shibumi es una cualidad humana y el resultado de unir la palabara sabi (simplicidad, elegancia) con wabi (humildad en el éxito). En realidad es un comportamiento que denota una perfecta comprensión tanto del wabi como del sabi. Tener shibumi o ser shibumi es actuar en la vida de una manera natural en todas las circunstancias, sin miedo pero sin ostentación, con autoridad pero sin dominio, con  modestia pero sin recato. En definitiva, se trata de actuar con la máxima sencillez y la mayor normalidad.

 Teóricamente, ésto debería ser la cosa más fácil, pero el hecho es que siempre pensamos, comparamos, apreciamos, pesamos y titubeamos entre ésto y aquello. El tener deseos hace que actuar con una conducta shibumi llegue a ser muy raro y que sólo unos cuantos seres humanos lleguen a actuar de esa forma, los que llamados "maestros". La actitud de shibumi se encuentra en la práctica de todas las artes zen, sobre todo en los maestros, pero decimos se nota, mientras que sería mejor decir que no se nota, pues justamente lo que se nota no es verdadero shibumi.

Es un ideal de belleza natural, sencilla, no buscada, sino percibida. Es una estética particular de la belleza sencilla, sutil y discreta. Define los objetos que son hermosos de una forma directa y simple, sin ser llamativos. Elegante y rústico, espontáneo y conservador. Los siete elementos shibumi son: simplicidad, espontaneidad, modestia, silencio, naturalidad, cotidianidad e imperfección.

La aristocrática simplicidad de shibusa es la refinada expresión de la esencia de los elementos en una experiencia estética que produce quietud. Cuando nos vestimos también debemos procurar la paz y la quietud en el entorno y con quienes tratamos, pues les debemos respeto y discreción. 





miércoles, 1 de junio de 2016

LA ELEGANCIA

Este caballero me parece "elegante" pues tanto su aspecto como su actitud revelan buen gusto y refinamiento. No es sólo la ropa o sus complementos, son sus posturas, sonrisas o seriedad, su entorno bien escogido (elegante viene de "elegir") y la filosofía de vida que es capaz de transmitir. Intuyo que, por su forma de estar, es una persona íntegra, positiva y armoniosa. Destila gracia, nobleza y sencillez y ha logrado una gran seguridad en sí mismo. Se ha sabido "sacar partido", lo que le da un "plus" del que carecen los que lo han tenido, por decirlo de alguna manera, más fácil...

Y es que la elegancia es más una filosofía de vida, de comportamientos, de modos y actitudes que el seguir la moda o someterse a los dictámenes de lo vulgar. Se sustenta en la buena educación, la delicadeza y la cultura y así como un buen libro aromatiza el alma del elegante, su colonia favorita lo hace con su cuerpo, pero ambos son su fragancia...

Hago esta pequeña reflexión para poner en orden mis pensamientos y sentimientos ante una sociedad que no sólo no valora la verdadera elegancia, sino que la ridiculiza. Como todo lo que merece la pena en la vida, es algo que se puede desarrollar o adquirir y que, a medida que pasa el tiempo (como los buenos vinos) gana. Las personas verdaderamente elegantes están protegidas de las influencias, críticas o maldades porque su vida es tan rica e interesante que no dan importancia a las pequeñeces con las que intentan ensuciar o dañar su imagen.

Estoy convencida de que un grupo de "elegantes con coraje" arrastraría con su "savoir faire" a los que no lo son y la sociedad experimentaría un gran avance evolutivo...

miércoles, 28 de octubre de 2015

WILLIAM TREVOR

Nació en 1928 en el Condado de Cork (Irlanda) y estudió Historia. Fue escultor, profesor y un gran creador en la concepción y redacción de eslógans publicitarios; ya en 1965 se dedicó a escribir a tiempo completo.

La elegancia y el estilo se dan la mano en el irlandés más inglés de la historia. Su elegancia radica en que su estilo no es "bonito" pero vacío, sino que aúna el fondo y la forma de un modo natural y misterioso provocando en el lector una sensación de deleite total.

Domina el lenguaje como la jardinería (a la que se dedica en su preciosa casa de campo). No hace alarde de él y desdeña la ampulosidad tanto en el retrato exterior como en el interior; jamás utiliza cuatro palabras cuando puede utilizar una sola que defina la situación narrada. Le interesa la verdad desnuda de las cosas, una verdad habitualmente terrible de la que sabe extraer una melancólica y extraña poesía...

Me atrevo a asegurar que su novela "Verano y amor" (Salamandra) es una de las mejores del inicio del siglo XXI. Se trata de una historia de los años 50 o 60 del pasado siglo XX
que surge entre una joven huérfana casada con un granjero viudo y callado y un joven de clase media alta cuya familia está al borde de la ruina. Hay una sensación de pérdida en toda la novela, de un tiempo que pudo ser y no fue, de un amor que pudo haber tenido una oportunidad y no la tiene.

A pesar de la tristeza de muchos de sus personajes y la sensación de pérdida, no cae en el sentimentalismo ni en la tragedia, sino que es una novela luminosa repleta de momentos enternecedores, vibrantes, profundamente humanos y dignos. El autor eleva a sus personajes y nos hace enamorarnos de ellos, a pesar de sus renuncias, frustraciones y carencias.

Para mi gusto le sobran adjetivos (algo muy sajón) pero consigue en su conjunto una gran belleza literaria. En su obra se destila su talento y estilo y logra lo que pocos consiguen de verdad: "conmover al lector". Quizá se desprenda ese "agua hechizada" que dicen que sólo mana la literatura irlandesa...


miércoles, 3 de junio de 2015

VILLA ROTONDA

Andrea Palladio (Padua 1508) se formó en un taller de cantería y más tarde, en Vicenza, se inscribió en un gremio de constructores. Cuando tenía 30 años entró en contacto con el humanista que sería su mecenas, Trissino, gracias a lo cual pudo viajar a Roma y conocer "in situ" las ruinas clásicas. Fue su protector quien acuñó para él el apelativo de "Palladio" (en evocación a Palas Atenea).

Alcanzó un gran prestigio en la región del Véneto con su palacios y villas suburbanas. Muerto Trissino entabló contacto con otro gran protector, Barbaro, gran conocerdor de Vitrubio que le presentó en los círculos humanistas y culturales de la esplendorosa Venecia, llegándole a convertir en su "Arquitecto Mayor".

Palladio escribió: "Cuatro Libros de Arquitectura" en latín vernáculo e ilustrado por él mismo. Se plasmaba su conocimiento de los clásicos, sobre todo de Vitrubio, y sentaba las bases de un nuevo lenguaje arquitectónico basado en la proporción y los órdenes arquitectónicos antiguos. Sus ideas transcendieron fronteras y se difundieron por Europa en los siglos XVII Y XVIII. Pero fue en las Islas Británicas donde tuvo tal acogida que el barroco fue casi inexistente.

En sus villas palladianas me parece destacable que, además de ser concebidas para el recreo, fueron pequeños centros de producción agrícola. De todas ellas la que más me gusta, por varias razones, es "La Rotonda" (Villa Capra 1566) porque tiene un espacio principal circular cupulado en torno al cual se suceden en perfecta simetría las distintas estancias inscritas en un área delimitada por una circunferencia imaginaria y cuatro elegantes fachadas inspiradas en los pronaos de los templos griegos.

Se inspiró en la cúpula del Panteón de Roma, el lugar que más me ha impresionado en mi vida y del que me quedé prendada para siempre después de ver entrar una fina lluvia en el templo a través de su abertura y la belleza en movimiento que producían los infinitos matices de color cuando pequeños rayos de sol atravesaban el agua...

Y ésta es la cúpula que Palladio realizó en su Rotonda. Una imagen, en este caso, vale más que mil palabras y ahora sí, me despido de vosotros hasta que vuelva de mi viaje a Inglaterra... Esta noche duermo en Bristol, pero mañana estaré en Bath...


lunes, 6 de octubre de 2014

BOLDINI

En la Belle Époque se daba culto a un forma de vivir que fue duramente criticada, como les ocurrió al Barroco o al Rococó. Sin embargo, creo que era necesario en momentos tan excesivamente racionalistas y transcendentales del pensamiento, darle un giro al arte y aportar glamour y elegancia.

Señoras espléndidamente vestidas y caballeros elegantes en los salones de sus mansiones, como salidos de las novelas de Proust, Tolstoi, Hery James o Edith Warthon... nos hacen pasar a un mundo ideal al que nos gustaría acceder, precisamente por ser inalcanzable. Demuestra que el ser humano tiende hacia algo que jamás poseerá, pero por lo que se siente irremediablemente atraído y fascinado.

No creo que sea nada malo, todo lo contrario. La belleza, cuando es real, nos eleva, nos hace vibrar más alto y nos proporciona un inmenso bienestar. Es verdad que la pintura de la que hablo era naturalista, retrógada y conservadora, pero también es cierto que fue la edad de oro del retrato europeo: Boldini (Italia), Sargent (Inglaterra), Sorolla (España), Serov (Rusia)... fueron buena muestra de ello.

De todos, destaco a Boldini que, partiendo de una base academicista y purista (fascinado por el Quattrocento italiano) creó su propio estilo deslumbrante y favorecedor para plasmar "il bel mondo" con su brillante e intenso colorido, su nitidez, su sensualidad y su vanguardia. La elegancia y la sofisticación le hicieron independizarse de los parámetros generales y ser único, él mismo...

Empezar la semana con buen arte, con la sonrisa en los labios, con la posibilidad de elevarnos hacia mundos ideales que nos hacen soñar y evolucionar, me parece que es un soplo de aire fresco. Estamos en pleno cambio de Estación, nos enfrentamos a nuevos planteamientos y tenemos la oportunidad de ampliar nuestro campo de conciencia abriéndonos a otras dimensiones. Me temo que, en la actualidad, el ser humano está dejando de lado la "contemplación", actividad tan importante como el razonamiento y la respiración... 

Recordemos la frase de Fiodor Dostoïesvski: "L´art sauvera le monde" (el arte salvará al mundo).


martes, 12 de agosto de 2014

SEDUCTOR: ENCANTADOR

       "El campo de la felicidad no va de los demás a tí, sino de tí a los demas" (Michel Quoist).

Aunque el término "seducir" tiene connotaciones negativas, existe una acepción muy positiva que significa algo tan maravilloso, generoso y detallista como embargar o cautivar el ánimo de alguien con el fin de hacerle sentir bien y disfrutar de nuestra compañía.

"Seductor", en ese sentido, es casi lo mismo que "encantador". Cuando decimos que alguien es un encanto de persona, desearíamos que los demás pudieran decirlo de nosotros. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define "encantar" como "atraer o ganar la voluntad de alguien por dones naturales como la hermosura, la gracia, la simpatía, el talento". Por tanto, alguien que podemos llamar seductor o encantador, sin duda habrá potenciado y ejercitado sus dones naturales, se habrá superado a sí mismo y habrá desarrollado la capacidad de caer bien a sus semejantes, cuidando las formas, valorándolos y reconociendo sus cualidades.

Aunque por naturaleza vengamos dotados de atractivo y cualidades, el auténtico seductor-encantador "se hace"; es fruto de una gran formación en actitudes positivas, en alegría de vivir, simpatía, buen carácter, buen humor y gracia. Todos sabemos que no es fácil merecer el calificativo de persona encantadora.

"Un encanto" es el que ha desarrollado al máximo sus habilidades para poder cautivar, convencer y atraer incluso a las personas más distantes. Y lo hace desde el respeto, el tacto, la simpatía, la elegancia, las buenas formas, el halago y las muestras de afecto.

En las relaciones humanas, incluso con personas desconsideradas, mal educadas y de pésimo carácter, el seductor termina por vencer. Su gracia, su simpatía, su sutileza - es un gran observador práctico - le permiten dar a cada uno lo que necesita y esto le convierte en la persona ideal para negociar y llevar los asuntos más difíciles a buen puerto...

"La verdad ha de darse al hombre envuelta en mieles. Ha de hacérsela risueña y amable, para que el hombre, seducido por su apariencia externa, se acerque a ella y la oiga sin saber que la oye". O como decía Ortega y Gasset: "Para persuadir hay  que seducir".

Os sugiero que toméis buena nota de esta cita y procuréis llevarla a la vida diaria. Pronto caeréis en la cuenta de que os estáis haciendo un gran favor a vosotros mismos, pues tendréis más amigos, evitaréis incontables problemas y disgustos, seréis mucho más felices y la gente os acogerá, os valorará y tendrá en  mucha más estima.

Esta es una pequeña reflexión veraniega que me ha sugerido este delicioso cuadro de Palmaroli y que se llama "La Confesión".