Emilia, mujer joven, muy curiosa y llena de vida e iniciativa decía: "Quieren una mujer moderna, sí, y sin prejuicios religiosos, pero dispuesta a dejarse moldear. Una mujer moderna, pero sin iniciativa ni autonomía. Un imposible". No esperó a formarse filosóficamente para empezar a escribir: "Esta es mi profesión de fe: el que tiene disposiciones para escribir, debe hacerlo, empezando por poco para ir a más; errando algunas veces para acertar otras; en estilo florido o severo, alto o bajo, como pueda; de asuntos graves o frívolos; según le dicte su temperamento; sin aspirar a la suma perfección y sin creerse superior a los demás; respetando el gusto y el decoro, pero con cierta soltura; y sin aguardar para todo ello a formarse un criterio muy exacto, filosófico, estético, etc... que ¡ay!, no logrará poseer nunca. Usted no cree ésto; he ahí en lo que diferimos". (Podemos apreciar el diagnóstico certero y la espléndida prosa y actitud de Emilia en una carta a su guía y tutor, personalidad moral por la que se sentía atraída, espiritual, culto y afectuoso. Se iban conociendo, pero no coincidían en sus enfoques).
Don Francisco Giner de los Ríos, impulsor del Regeneracionismo, creador y director de la Institución Libre de Enseñanza, fue, tal vez, el mejor de los amigos de Emilia Pardo Bazán y jamás cesó la comunicación intelectual entre ellos; trataban de literatura, de algunas novedades científicas al alcance de todos, hasta de política y nada de iniciaciones, catequizaciones ni propagandas.
"Don Francisco me enseñó aquel sentido de tolerancia y respeto a las opiniones ajenas, cuando son sinceras, que he conservado y conservaré... Él respetaba, no sólo con los labios, sino internamente, los sentires y pesares ajenos y ponía en este ejercicio un espíritu de justicia y hasta de amor". Por eso, Emilia se sentía en deuda con ese "santo laico", gracias al cual tuvo acceso a una obra fundamental para el feminismo: "Era Giner resueltamente feminista. Todo lo que atañía al mejoramiento de la condición de la mujer le interesaba en el más alto grado. Por él conocía yo la famosa obra de Stuart, "La esclavitud femenina", que tanto influyó en el Movimiento Feminista de Inglaterra y que hice traducir y publiqué en castellano, cuando creía que pudiesen aquí importarle a alguien estos asuntos..."
A pesar de sus divergencias, tanto Emilia como don Francisco creían en el nuevo modelo de individuo (personal y colectivo), más racional, más ético, más humano. Ambos proyectaron en la sociedad una inyección de modernidad y frescura frente a la decadente inestabilidad.
lunes, 24 de junio de 2019
sábado, 22 de junio de 2019
EMILIA: SALONNIÈRE Y CORRESPONSAL
De ideas conservadoras pero feminista, Emilia Pardo Bazán planteó la inquietante pregunta de si se puede ser tradicional y progresista a la vez. La trayectoria vital de esta mujer del siglo XIX nos muestra que fue una extraordinaria transgresora muy valiente, pero difícil de entender. Llena de contradicciones estéticas, emocionales y políticas se sintió a la vez cosmopolita, europea e intensamente nacionalista española; reaccionaria y progresista; excéntrica y subversiva, pero amante del orden. Una mujer modernísima en la línea de Virginia Woolf y Simone de Beauvoir.
Aristócrata de talento y más tarde de título (en 1912 Alfonso XIII la nombró condesa), conocía bien el beau monde (el gran mundo), por eso - a través de la crónica social - prolongaba en la prensa la charla que tanto le gustaba en los salones y se convirtió en una magnífica "salonnière". Hacía colaboraciones esporádicas, ya que jamás se consideró una cronista de sociedad, sino una analista social que utilizaba la crónica para reflexionar sobre los usos y costumbres de una sociedad en pleno cambio así como para manifestar sus conocimientos históricos y literarios.
Viajó mucho por Europa, lo que le permitió leer a los autores de los diferentes países en su propio idioma y asistir a la Exposición Universal de Viena con todos los adelantos de la industria. Fue la primera "corresponsal" en España que mandaba sus crónicas para el diario La Época desde París o Roma. Su personalidad, creatividad, gracia, hondura y libertad la convirtieron en una gran periodista.
Todo lo hizo a pesar de ser mujer, sin dejar de ser mujer y reivindicando su condición de ser mujer. Fue un ejemplo de la igualdad de los sexos en libertad y, a pesar de sus múltiples retos y dificultades, no se lamentó jamás. Vivió cuanto quiso, como quiso y de lo que quiso y nos dejó una obra admirable que se leerá en el siglo XXI con más gusto y reconocimiento que en el XX.
Nació en La Coruña (Marineda en sus novelas) el 16 de septiembre de 1851, heredando el liberalismo de su padre y el carácter abierto, emprendedor e independiente de su madre. Leyó con prisa, con fruición, con ferocidad y tanto como leyó quiso que la leyeran. Escribió mucho: artículos, cuentos, novelas, ensayos, reportajes... pero jamás dejó de defender las ideas en las que creía.
Pienso que, además de una excelente escritora, fue una mujer libre en todos los aspectos y defendió esa libertad para todas las mujeres, reconociendo siempre que lo hacía desde una posición de privilegio que ella utilizaba para comprometerse aún más por el bien común.
Aristócrata de talento y más tarde de título (en 1912 Alfonso XIII la nombró condesa), conocía bien el beau monde (el gran mundo), por eso - a través de la crónica social - prolongaba en la prensa la charla que tanto le gustaba en los salones y se convirtió en una magnífica "salonnière". Hacía colaboraciones esporádicas, ya que jamás se consideró una cronista de sociedad, sino una analista social que utilizaba la crónica para reflexionar sobre los usos y costumbres de una sociedad en pleno cambio así como para manifestar sus conocimientos históricos y literarios.
Viajó mucho por Europa, lo que le permitió leer a los autores de los diferentes países en su propio idioma y asistir a la Exposición Universal de Viena con todos los adelantos de la industria. Fue la primera "corresponsal" en España que mandaba sus crónicas para el diario La Época desde París o Roma. Su personalidad, creatividad, gracia, hondura y libertad la convirtieron en una gran periodista.
Todo lo hizo a pesar de ser mujer, sin dejar de ser mujer y reivindicando su condición de ser mujer. Fue un ejemplo de la igualdad de los sexos en libertad y, a pesar de sus múltiples retos y dificultades, no se lamentó jamás. Vivió cuanto quiso, como quiso y de lo que quiso y nos dejó una obra admirable que se leerá en el siglo XXI con más gusto y reconocimiento que en el XX.
Nació en La Coruña (Marineda en sus novelas) el 16 de septiembre de 1851, heredando el liberalismo de su padre y el carácter abierto, emprendedor e independiente de su madre. Leyó con prisa, con fruición, con ferocidad y tanto como leyó quiso que la leyeran. Escribió mucho: artículos, cuentos, novelas, ensayos, reportajes... pero jamás dejó de defender las ideas en las que creía.
Pienso que, además de una excelente escritora, fue una mujer libre en todos los aspectos y defendió esa libertad para todas las mujeres, reconociendo siempre que lo hacía desde una posición de privilegio que ella utilizaba para comprometerse aún más por el bien común.
martes, 18 de junio de 2019
EL CUADRO DE EMILIA
Cuando el pintor coruñés Joaquín Vaamonde (1872-1900) regresó de un largo viaje por América, tenía 22 años y, convertido en un artista con estilo propio, se ofreció a hacer un retrato a la escritora Emilia Pardo Bazán, visitándola en su residencia del Pazo y Torres de Meirás. En un primer momento, ella no lo aceptó de buen grado, pero una vez acabado se quedó encantada con la vitalidad y elegancia que transmitía.
Emilia se llevó el cuadro a su casa de Madrid y lo exhibió ante sus amistades, motivo por el cual los encargos al artista fueron muy numerosos.
Sus retratos le proporcionaron a Joaquín fama y dinero, lo que le permitió viajar por Europa y visitar los grandes museos, pero empezó a despreciar su obra, que consideraba muy inferior a la de los grandes maestros. Quiso destruir sus propios cuadros, algo que la condesa de Pardo Bazán le impidió. A los 25 años, enfermó de tuberculosis y volvió a la Coruña.
Estando Emilia en Paris, en un homenaje a Balzac, recibió un telegrama que le anunciaba el fallecimiento de su protegido, en el Pazo de Meirás, el 18 de agosto de 1900. Cuando volvió a España, no tardó en escribir sobre "el retratista de las elegancias", citando alguna de sus piezas, como el retrato del violinista Pablo Sarasate. Más tarde, en su novela "La Quimera", le convertiría en la contrafigura.
A Emilia le gustaba su elegancia y la precisión con la que captaba los caracteres con el trazo suelto, ligero y vaporoso de sus barras de pastel. Magnífico colorista, penetraba en la psicología de sus modelos sin el menor compromiso de tener que halagar a nadie. A lo largo de quince años, desarrolló una obra extensa compartiendo la pintura con sus viajes y con la asistencia impuesta a actos sociales, pero siendo muy joven se vió obligado a un largo reposo por su enfermedad pulmonar. Todos estos detalles fueron introducidos en la novela que Emilia hizo de la vida del pintor...
Emilia se llevó el cuadro a su casa de Madrid y lo exhibió ante sus amistades, motivo por el cual los encargos al artista fueron muy numerosos.
Sus retratos le proporcionaron a Joaquín fama y dinero, lo que le permitió viajar por Europa y visitar los grandes museos, pero empezó a despreciar su obra, que consideraba muy inferior a la de los grandes maestros. Quiso destruir sus propios cuadros, algo que la condesa de Pardo Bazán le impidió. A los 25 años, enfermó de tuberculosis y volvió a la Coruña.
Estando Emilia en Paris, en un homenaje a Balzac, recibió un telegrama que le anunciaba el fallecimiento de su protegido, en el Pazo de Meirás, el 18 de agosto de 1900. Cuando volvió a España, no tardó en escribir sobre "el retratista de las elegancias", citando alguna de sus piezas, como el retrato del violinista Pablo Sarasate. Más tarde, en su novela "La Quimera", le convertiría en la contrafigura.
A Emilia le gustaba su elegancia y la precisión con la que captaba los caracteres con el trazo suelto, ligero y vaporoso de sus barras de pastel. Magnífico colorista, penetraba en la psicología de sus modelos sin el menor compromiso de tener que halagar a nadie. A lo largo de quince años, desarrolló una obra extensa compartiendo la pintura con sus viajes y con la asistencia impuesta a actos sociales, pero siendo muy joven se vió obligado a un largo reposo por su enfermedad pulmonar. Todos estos detalles fueron introducidos en la novela que Emilia hizo de la vida del pintor...
sábado, 15 de junio de 2019
LAS DIOSAS DE LA MUJER MADURA
Tras el éxito editorial de su libro anterior, Las diosas de cada mujer, la célebre analista junguiana Jean Shinoda Bolen se concentró en las mujeres que habían pasado los 50 años, para que, en lugar de convertirse en mujeres mayores invisibles y descontentas, transformasen la tercera fase de sus vidas en una etapa de esplendor, plenitud e integración personal.
En la Introducción de "Las diosas de la mujer madura", la autora explicaba: "He escrito este libro para que las mujeres puedan nombrar y reconocer aquello que les inquieta. El origen de estos sentimientos son los arquetipos de la diosa que hay en nuestro interior, los patrones y las energías de la psique. Al saber quiénes son las diosas, las mujeres pueden llegar a ser más conscientes de las potencialidades que hay en ellas, las cuales, una vez reconocidas, son fuente de espiritualidad, sabiduría, compasión y acción".
Este libro ofrece una espléndida y estimulante perspectiva que ha revolucionao la idea que cada mujer se hace del envejecimiento y la libera para que vea su rostro en el espejo de modo completamente distinto. Isabel Allende dice: "Este es un poderoso libro que me ha ayudado a entender mejor la energía de mis años maduros, cómo utilizarla con compasión y humor, y dónde buscarla cuando parece faltar".
Confieso que, cuando llegué a los 50, no tenía muy clara la idea de la persona en la que me iba a convertir. Desconocía que me encontraba en el umbral de una etapa de mi vida en la cual se desarrollaría mi personalidad como jamás lo había hecho antes. Después de leer este libro, decidí redimir la palabra "anciana" o "vieja" e intenté reconocer en mí misma los arquetipos que me resultaban más accesibles como fuentes de energía y dirección. Nunca dejaré de agradecer a la persona que me lo regaló, en el lugar adecuado y en el momento oportuno, el que pusiera en mis manos los conocimientos que necesitaba para atreverme a cruzar el umbral, por eso - desde mis actuales 67 años - se lo recomiendo a toda mujer madura que esté en un momento de cambio o incertidumbre con la seguridad de que le ayudará a pensar, reflexionar, discernir y actuar...
En la Introducción de "Las diosas de la mujer madura", la autora explicaba: "He escrito este libro para que las mujeres puedan nombrar y reconocer aquello que les inquieta. El origen de estos sentimientos son los arquetipos de la diosa que hay en nuestro interior, los patrones y las energías de la psique. Al saber quiénes son las diosas, las mujeres pueden llegar a ser más conscientes de las potencialidades que hay en ellas, las cuales, una vez reconocidas, son fuente de espiritualidad, sabiduría, compasión y acción".
Este libro ofrece una espléndida y estimulante perspectiva que ha revolucionao la idea que cada mujer se hace del envejecimiento y la libera para que vea su rostro en el espejo de modo completamente distinto. Isabel Allende dice: "Este es un poderoso libro que me ha ayudado a entender mejor la energía de mis años maduros, cómo utilizarla con compasión y humor, y dónde buscarla cuando parece faltar".
Confieso que, cuando llegué a los 50, no tenía muy clara la idea de la persona en la que me iba a convertir. Desconocía que me encontraba en el umbral de una etapa de mi vida en la cual se desarrollaría mi personalidad como jamás lo había hecho antes. Después de leer este libro, decidí redimir la palabra "anciana" o "vieja" e intenté reconocer en mí misma los arquetipos que me resultaban más accesibles como fuentes de energía y dirección. Nunca dejaré de agradecer a la persona que me lo regaló, en el lugar adecuado y en el momento oportuno, el que pusiera en mis manos los conocimientos que necesitaba para atreverme a cruzar el umbral, por eso - desde mis actuales 67 años - se lo recomiendo a toda mujer madura que esté en un momento de cambio o incertidumbre con la seguridad de que le ayudará a pensar, reflexionar, discernir y actuar...
martes, 21 de mayo de 2019
MUJER SABIA
Me gustan las mujeres maduras, con humor y activas. Una mujer, a partir de los cuarenta años, empieza a vivir lo mejor de su vida si es capaz de darse cuenta de la cantidad de cualidades potenciales que tiene en su interior. Se convierte en una persona con "poder personal", pues es capaz de decir lo que piensa y siente sin perder la compasión así como de manifestar lo que no le gusta sin la menor acritud.
A esas alturas de su caminar, es capaz de mirar hacia atrás sin rencor ni dolor, es atrevida y confía en su intuición. Medita a su manera, decide su camino con el corazón, escucha su cuerpo, improvisa, no implora, es capaz de reírse... tiene una gran sensibilidad con las plantas y los animales.
Una vez que ha aprendido a amar lo que hace, alienta a los demás a su propio crecimiento. Reconoce con facilidad lo frágil y lo que es valioso, pero también lo que debe ser podado. A medida que tiene más edad, más camino habrá recorrido y - a través de la observación compasiva de la vida de los demás - es capaz de poder enseñar. Sabe que puede cambiar el mundo porque se siente completa, fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Vive ya con el conocimiento pleno de que todo y todos estamos conectados y de que lo que cada uno haga influye en todo los demás.
Entre las mujeres existe una conexión natural. Cuando una mujer estresada habla con otra, ambas liberan la hormona de la maternidad, lo que provoca que el estrés descienda. Sin embargo, si dos hombres nerviosos comparten sus aflicciones, la testosterona incita a la huída o el enfrentamiento. Tanto un hombre como una mujer que se hallan al lado de una mujer sabia, sienten como su adrenalina baja y su autoestima sube. Basta con estar junto a ella...
Qué distinto sería el mundo si la mujer madura del siglo XXI aspirase más a convertirse en sabia que en aparentar lo que no es, en luchar desesperadamente por permanecer en un estado de juventud ficticia a través de elementos externos que jamás cumplirán cons sus expectativas, pues las leyes del tiempo son inexorables.
A esas alturas de su caminar, es capaz de mirar hacia atrás sin rencor ni dolor, es atrevida y confía en su intuición. Medita a su manera, decide su camino con el corazón, escucha su cuerpo, improvisa, no implora, es capaz de reírse... tiene una gran sensibilidad con las plantas y los animales.
Una vez que ha aprendido a amar lo que hace, alienta a los demás a su propio crecimiento. Reconoce con facilidad lo frágil y lo que es valioso, pero también lo que debe ser podado. A medida que tiene más edad, más camino habrá recorrido y - a través de la observación compasiva de la vida de los demás - es capaz de poder enseñar. Sabe que puede cambiar el mundo porque se siente completa, fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Vive ya con el conocimiento pleno de que todo y todos estamos conectados y de que lo que cada uno haga influye en todo los demás.
Entre las mujeres existe una conexión natural. Cuando una mujer estresada habla con otra, ambas liberan la hormona de la maternidad, lo que provoca que el estrés descienda. Sin embargo, si dos hombres nerviosos comparten sus aflicciones, la testosterona incita a la huída o el enfrentamiento. Tanto un hombre como una mujer que se hallan al lado de una mujer sabia, sienten como su adrenalina baja y su autoestima sube. Basta con estar junto a ella...
Qué distinto sería el mundo si la mujer madura del siglo XXI aspirase más a convertirse en sabia que en aparentar lo que no es, en luchar desesperadamente por permanecer en un estado de juventud ficticia a través de elementos externos que jamás cumplirán cons sus expectativas, pues las leyes del tiempo son inexorables.
jueves, 2 de mayo de 2019
DOS LIBROS ENCANTADORES
La autora de este libro demuestra que conoce bien la época en la que enmarca su historia. Se trata de un divertido homenaje a todas las novelistas que nos han hecho soñar y en especial a la emblemática Jane Austen. Escribir humor no es fácil, pero Belén ha logrado fusionar ingenio con ironía inteligente y ha repasado los clichés austinianos (con algunas pinceladas de Eduardo Mendoza) en una preciosa edición con encantadoras ilustraciones.
Jugando con las palabras y la riqueza de nuestro lenguaje, la autora nos sumerge en las costumbres y formas de vida de una parte de la población británica durante el período de la Regencia. La protagonista, a través de las cartas que escribe a su amiga Edwina, expresa sus emociones (o algo parecido) en el transcurrir de su vida cotidiana y nos va presentando personajes magistrales como Branson (el mayordomo), Bovril (uno de los aspirantes a marido), Mistress Pilgrim (cuyos diálogos merecen un cuadro de honor) o Miss Peabody, que me ha recordado a Mademoiselle, la niñera de otro libro encantador: "Dama de Provincias", de E.M. Delafield...
A través de un diario, que le permite ver las cosas que le suceden con cierto distanciamiento, la protagonista vive en una preciosa casa de campo con su marido y sus dos hijos; el personaje tiene tanta vida que es fácil que cualquier lector, sobrepasado por los quehaceres cotidianos, se sienta identificado con ella. En un principio, salía de forma seriada en la revista "Time and Tide" (1929), pero más tarde fue recogido en forma de libro, un hilarante relato de la clase alta británica y una de las novelas más divertidas de la literatura inglesa del siglo XX.
Tanto Jane Austen (1775) como E.M. Delafield (1890) son dos escritoras inglesas que utilizan el humor elegante y un poco mordaz como catalizador del reflejo de una sociedad. A pesar de que la comedia no goza del prestigio del drama o de la tragedia, ambas autoras fueron - en sus respectivos momentos - grandes innovadoras con sus sutiles comentarios y reflexiones. Sus frases cortas, sencillas, efectivas y satíricas (en muchas ocasiones), junto a las reflexiones de la narradora en primera persona, convierten sus libros en encantadores compañeros de viaje en cualquier momento o lugar.
Jugando con las palabras y la riqueza de nuestro lenguaje, la autora nos sumerge en las costumbres y formas de vida de una parte de la población británica durante el período de la Regencia. La protagonista, a través de las cartas que escribe a su amiga Edwina, expresa sus emociones (o algo parecido) en el transcurrir de su vida cotidiana y nos va presentando personajes magistrales como Branson (el mayordomo), Bovril (uno de los aspirantes a marido), Mistress Pilgrim (cuyos diálogos merecen un cuadro de honor) o Miss Peabody, que me ha recordado a Mademoiselle, la niñera de otro libro encantador: "Dama de Provincias", de E.M. Delafield...
A través de un diario, que le permite ver las cosas que le suceden con cierto distanciamiento, la protagonista vive en una preciosa casa de campo con su marido y sus dos hijos; el personaje tiene tanta vida que es fácil que cualquier lector, sobrepasado por los quehaceres cotidianos, se sienta identificado con ella. En un principio, salía de forma seriada en la revista "Time and Tide" (1929), pero más tarde fue recogido en forma de libro, un hilarante relato de la clase alta británica y una de las novelas más divertidas de la literatura inglesa del siglo XX.
Tanto Jane Austen (1775) como E.M. Delafield (1890) son dos escritoras inglesas que utilizan el humor elegante y un poco mordaz como catalizador del reflejo de una sociedad. A pesar de que la comedia no goza del prestigio del drama o de la tragedia, ambas autoras fueron - en sus respectivos momentos - grandes innovadoras con sus sutiles comentarios y reflexiones. Sus frases cortas, sencillas, efectivas y satíricas (en muchas ocasiones), junto a las reflexiones de la narradora en primera persona, convierten sus libros en encantadores compañeros de viaje en cualquier momento o lugar.
viernes, 5 de abril de 2019
SAVOIR-FAIRE
Al sur de Francia se encuentra la región de Aveyron, una extensa campiña de contrastes e increíble belleza. Entre sus prados verdes, sus frondosos bosques, sus granjas de piedra y sus villas medievales, podemos encontrar a los mejores artesanos del país. A través del Viaducto de Millau llegaremos a muchos de los pueblos más bonitos de Francia y - desde el primer momento - percibir el equilibrio entre tradición y modernidad de la comarca.
El Viaducto es un puente atirantado sostenido por siete pilares diferentes (el más alto 336 metros) y de una longitud de 2.640 metros. El arquitecto Norman Foster ha logrado, con su diseño y su equipo de ingeniería, incorporarlo al paisaje de forma natural y ha conseguido una obra maestra arquitectónica y una verdadera proeza tecnológica en pleno corazón de la meseta de Larzac.
Al sur del Parque Natural de Grandes Causses (mesetas), al pie del Rocher Cambalou, hay un pueblo singular, Roquefort-sur-Soulzon, en cuyas bodegas - cavadas en la roca misma - el famoso queso Roquefort madura lentamente. Ventiladas por las fleurines (fisuras naturales que permiten la circulación del aire bajo tierra), con una humedad y temperatura constantes que favorecen el hongo penicillium (causa de su fermentación), son el lugar ideal para lograr ese monumento al sabor que forma parte del patrimonio francés. Mezcla de delicadeza y poder representa la alianza perfecta entre el genio de la naturaleza y la inteligencia del hombre.
Debido a la cantidad de ovejas que se necesitaba para su elaboración, sus pieles dieron lugar al desarrollo de otro oficio: la guantería. Millau es la capital francesa del guante, siendo su elaboración un verdadero homenaje al trabajo artesanal. La mayor parte del proceso de su confección se hace a mano, desde el estiramiento al cosido. La abundancia de agua (río Tarn), los aires, los pastos y las magníficas pieles de cordero de suma calidad consiguen que sean insuperables.
Aveyron huele a quesos, a campos llenos de flores, a piel de oveja... y sólo la calidez de sus lugareños es comparable a la de sus guantes. Es un lugar en el que se materializa la exquisitez artesanal al mismo tiempo que se preserva el legado cultural e histórico. En él puedes encontrar sabiduría y excelencia e impregnarte de algo que los franceses llevan en su ADN: la sana predisposición al bien-estar y al bien-hacer (savoir-faire).
El Viaducto es un puente atirantado sostenido por siete pilares diferentes (el más alto 336 metros) y de una longitud de 2.640 metros. El arquitecto Norman Foster ha logrado, con su diseño y su equipo de ingeniería, incorporarlo al paisaje de forma natural y ha conseguido una obra maestra arquitectónica y una verdadera proeza tecnológica en pleno corazón de la meseta de Larzac.
Al sur del Parque Natural de Grandes Causses (mesetas), al pie del Rocher Cambalou, hay un pueblo singular, Roquefort-sur-Soulzon, en cuyas bodegas - cavadas en la roca misma - el famoso queso Roquefort madura lentamente. Ventiladas por las fleurines (fisuras naturales que permiten la circulación del aire bajo tierra), con una humedad y temperatura constantes que favorecen el hongo penicillium (causa de su fermentación), son el lugar ideal para lograr ese monumento al sabor que forma parte del patrimonio francés. Mezcla de delicadeza y poder representa la alianza perfecta entre el genio de la naturaleza y la inteligencia del hombre.
Debido a la cantidad de ovejas que se necesitaba para su elaboración, sus pieles dieron lugar al desarrollo de otro oficio: la guantería. Millau es la capital francesa del guante, siendo su elaboración un verdadero homenaje al trabajo artesanal. La mayor parte del proceso de su confección se hace a mano, desde el estiramiento al cosido. La abundancia de agua (río Tarn), los aires, los pastos y las magníficas pieles de cordero de suma calidad consiguen que sean insuperables.
Aveyron huele a quesos, a campos llenos de flores, a piel de oveja... y sólo la calidez de sus lugareños es comparable a la de sus guantes. Es un lugar en el que se materializa la exquisitez artesanal al mismo tiempo que se preserva el legado cultural e histórico. En él puedes encontrar sabiduría y excelencia e impregnarte de algo que los franceses llevan en su ADN: la sana predisposición al bien-estar y al bien-hacer (savoir-faire).
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