Apenas perceptible desde el camino, la Casa de Cristal (The Glass House) se halla en un enclave de lujo en medio de un bosque y fue diseñada para ser casi invisible, algo que la llena de magia y encanto. La transparencia de su estructura está detrás de un muro de piedra en la propiedad del arquitecto Philip Johnson en Connecticut. Con vistas a un estanque original, se convirtió en el capricho de su diseñador, Philip, que adoraba el hogar colonial. El plano de la casa revela un espacio de vida bastante tradicional ya que - aunque no hay paredes - Johnson creó áreas como habitaciones; hay una cocina, comedor, cuarto de estar, dormitorio, sala con chimenea, baño y una entrada. Los lados exteriores de la casa son de acero pintando con carbón y vidrio.
Parte de la inspiración le vino de Farnsworth House, llevada a cabo por el arquitecto alemán Ties van der Rohe, quien diseñó varios de los muebles del apartamento que tenía Johnson en New York y que luego trasladó a la casa. Desde su construcción, en 1949, el edificio y la decoración no se han desviado de su diseño original. Siguiendo la máxima de Mies "less is more", fue construída con mínimos materiales, economía de elementos y ausencia total de cualquier ornamento.
Johnson se graduó en Harvard en Historia y Filosofía en 1927; en 1940, después de haber trabajado como director del departamento de arquitectura del Museo de Arte Moderno de Nueva York y difundido el estilo internacional en diversas publicaciones y exposiciones, empezó a estudiar arquitectura en Harvard, de nuevo, con prestigiosos profesores como Walter Gropius o Marcel Brauer. Ayudó a Mies a establecerse en EEUU, trabajó con él y decidió hacerse su propia casa en New Canaan. Su proyecto fue polémico desde un principio, alabado por unos y criticado por otros, pero él sabía muy bien lo que quería y marcó un punto improtante en la búsqueda de la transparencia y la flexibilidad de la modernidad europea (una desmaterialización extrema).
La casa se ubica sobre un hermoso terreno en el que los árboles son la única barrera, hacen las veces de muro de colindancia capaz de detener la visión de los visitantes. Sin embargo, a pesar de que la transparencia del cristal hace de este espacio un volumen muy ligero, la casa se erige firme sobre la tierra.
No me extraña que esta idílica casa fuera el lugar de retiro de Philip Johnson, junto a su compañero de toda la vida, David Whitney, crítico de arte y la persona que le ayudó a diseñar el paisaje y gran parte del estilo. El proyecto fue importante y tuvo una gran influencia en la arquitectura moderna, pues es un ensayo de estructura mínima, geometría y proporción con los efectos de la transparencia y la reflexión. En 168 metros cuadrados, Johnson cambió para siempre los paradigmas de la arquitectura.
En 1979 recibió el primer Premio Pritzer, por ser una figura clave en la introducción de las vanguardias europeas dentro de la arquitectura norteamericana. David Bowie le nombraba en una de sus canciones y su Glass House fue designada como monumento histórico nacional en 1997. Ahora está abierta al público para visitas guiadas...
martes, 28 de abril de 2020
THE SEAGRAM
En 1999, uno de los críticos más importantes sobre arquitectura en Estados Unidos, Herber Muschamp, califiacaba en The New York Times al Seagram como "el mejor edificio del milenio". Se trataba de un rascacielos de 38 oficinas en Manhattan, diseñado entre 1954 y 1958 por los arquitectos Ludwig Mies van der Rohe en asociación con Philip Johnson. Era la visión más refinada de rascacielos moderno de cristal y en el que se podían reconocer los materiales utilizados para su construcción.
Ubicado en Park Avenue, se dejó libre una amplia plaza de granito rosa Vermont, bordeada a ambos lados por láminas de agua y plataformas de mármol antiguo verde. La torre en sí era de una estructura de acero envuelta en un muro cortina de vidrio de color rosa-gris; las juntas, montantes y vigas eran de bronce. En el interior, las paredes y los ascensores estaban recubiertos con mármol traventino.
Mies defendía la arquitectura como la voluntad de una época traducido al espacio. Para su generación significó la superación entre el gótico y el clásico. En la década de 1920, empezó a experimentar con diseños de torres de cristal y fue el último director de la Bauhaus. Admiraba al filósofo Spengler y, como él, pensaba que el siglo XX sería un momento de ruptura cultural occidental.
"Dios está en los detalles" y "menos es más" fueron dos de sus frases más conocidas que han llegado hasta nuestros días. Mies, considerado como un maestro de la arquitectura moderna, se basó en los materiales más modernos y en la integridad estructural. Sirviéndose del cristal y el acero industrial, fue capaz de crear espacios contemplativos de sobria elegancia. Convencido de que los edificios eran más honestos si expresaban su estructura y forma, conviritó la arquitectura en algo más transcendente y - a través de sus skyscrapers - parecía unir el cielo con la tierra...
Ubicado en Park Avenue, se dejó libre una amplia plaza de granito rosa Vermont, bordeada a ambos lados por láminas de agua y plataformas de mármol antiguo verde. La torre en sí era de una estructura de acero envuelta en un muro cortina de vidrio de color rosa-gris; las juntas, montantes y vigas eran de bronce. En el interior, las paredes y los ascensores estaban recubiertos con mármol traventino.
Mies defendía la arquitectura como la voluntad de una época traducido al espacio. Para su generación significó la superación entre el gótico y el clásico. En la década de 1920, empezó a experimentar con diseños de torres de cristal y fue el último director de la Bauhaus. Admiraba al filósofo Spengler y, como él, pensaba que el siglo XX sería un momento de ruptura cultural occidental.
"Dios está en los detalles" y "menos es más" fueron dos de sus frases más conocidas que han llegado hasta nuestros días. Mies, considerado como un maestro de la arquitectura moderna, se basó en los materiales más modernos y en la integridad estructural. Sirviéndose del cristal y el acero industrial, fue capaz de crear espacios contemplativos de sobria elegancia. Convencido de que los edificios eran más honestos si expresaban su estructura y forma, conviritó la arquitectura en algo más transcendente y - a través de sus skyscrapers - parecía unir el cielo con la tierra...
lunes, 27 de abril de 2020
ANTONIO MACHADO
Antonio Machado era un poeta, un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno. Nació en Sevilla en 1875 y falleció en Conlliure en 1939; Soria, Baeza y Segovia fueron ciudades importantes en su vida y en ellas trabajó como catedrático de francés. Aunque sus constantes son el relativismo, el tiempo, la búsqueda de Dios, la vida como camino, la crítica sobre el país... en su obra hay tres etapas.
En la primera, sumaba al tono romántico el simbolismo francés transmitiendo sus sentimientos de tristeza a través de numerosos símbolos; el tema principal era el tiempo, su transcurrir implacable, la nostalgia del pasado y la confusión entre el presente y el pasado mediante recuerdos (1903, Soledades). En la segunda, su poesía era menos intimista y más historicista y el paisaje soriano cobraba un papel protagonista; una poesía más descriptiva, que reflejaba un paisaje real y la identificación entre Soria-Castilla y España. También el alma del poeta se identificaba con el paisaje (1912, Campos de Castilla). En la tercera etapa, escribió los Proverbios y Cantares, composiciones a modo de sentencias o de canción popular ( 1924, Nuevas Canciones); de esta última etapa es uno de los poemas que más me gustan de él: "Caminante no hay camino".
"Todo pasa y todo queda / pero lo nuestro es pasar / pasar haciendo caminos / caminos sobre la mar. / Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción. / Yo amo los mundos sutiles / ingrávidos y gentiles / como pompas de jabón. / Me gusta verlos pintarse de sol y grana / volar bajo el cielo azul / temblar súbitamente y quebrarse. / Nunca perseguí la gloria./ Caminante son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante, no hay camino / sino estelas en el mar. / Hace algún tiempo en ese lugar / donde hoy los bosques se visten de espinos / se oyó la voz de un poeta gritar / caminante, no hay camino, se hace camino al andar. / Golpe a golpe, verso a verso / murió el poeta lejos del hogar. / Le cubre el polvo de un país vecino. / Al alejarse le vieron llorar. / Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. / Golpe a golpe, verso a verso / cuando el jilguero no puede cantar / cuando el poeta es un peregrino / cuando de nada nos sirve rezar. / Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. / Golpe a golpe, verso a verso".
domingo, 26 de abril de 2020
LOS PRIMORES DE LO VULGAR
Azorín escribió Castilla en 1912, un breve ensayo-cuento periodístico en el que medita sobre el paisaje en busca de la expresión del espíritu nacional durante catorce capítulos breves con gran variedad temática, aunque en el prólogo afirma que la intención de la obra es "aprisionar una partícula del espíritu de Castilla", debido a la cual el libro tiene cierta coherencia y unidad.
El verdadero protagonista es el tiempo, pues según dice el autor "del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la fragancia del vaso". Perpetúa lo momentáneo, anula el movimiento en el que se desgasta la vida, lo petrifica estéticamente. Según Ortega y Gasset, el arte de Azorín consiste en suspender el movimiento de las cosas haciendo que la postura en que las sorprende se perpetúe indefinidamente como un perenne eco sentimental. De ese modo, lo pasado no pasa totalmente, de ese modo se desvirtúa el poder corruptor del tiempo. Se trata, pues, de un artificio análogo a la pintura.
Azorín busca permanencia en los pequeños hechos de la vida cotidiana, posa sus ojos en los pequeños detalles, y es esta predilección por el arte miniaturista lo que Ortega llama "primores de lo vulgar". Los objetos toman vida propia, poseen un enorme poder para sugerir estados de ánimo, son capaces de producir emociones diferentes y de suscitar todo tipo de sentimientos. Pero las cosas que él describe no pertenecen a una realidad concreta, ni son captadas por los sentidos; esos pueblos, ciudades, paisajes de España, son imágenes encontradas en otros textos escritos. De ahí que Azorín pasa, de pintar cosas, a pintar su idea de las cosas.
Son esos paisajes castellanos, las viejas ciudades y pueblos castellanos, con sus callejas estrechas, sus caserones vetustos y sus ancianas vestidas de negro, los que parecen invitar a Azorín a meditar sobre el tiempo y la eternidad; a través de ellos intenta aprehender las raíces últimas de la raza, las tradiciones milenarias, las huellas del pasado.
Pero, frente a Castilla, frente al paisaje y los pueblos castellanos, encontramos la angustia y el sentido crítico. No todo es belleza, bondad, en la vida tradicional del campo, de los pueblos españoles. Hay también atraso, miseria, dolor, ignorancia, merecedores de queja y de condena. Los personajes que encarnan para Azorín la Castilla en decadencia son el hidalgo (que encubre su pobreza con el honor), el pícaro, el galeote y el mendigo. El labriego, el hombre sentado en su balcón, el estudiante de la Universidad de Salamanca... todos los personajes que aparecen en "Castilla" simbolizan el escepticismo desolado de los miembros de su generación, la del 98.
"La existencia ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son ideas que el viento ha condensado; ellas se nos presentan como un traslado del insondable porvenir. Vivir - escribe el poeta - es ver pasar. Sí; vivir es ver pasar; ver pasar allá en lo alto las nubes. Mejor diríamos; vivir es ver volver. Es ver volver todo - angustias, alegrías, esperanzas - como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.
Las nubes son la imagen del tiempo. ¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el tiempo, la de quien vea ya en el presente el pasado y en el pasado el porvenir?". (Castilla, de Azorín).
sábado, 25 de abril de 2020
AZORÍN Y CASTILLA
El escritor José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967), acabó con la retórica y los grandes circunloquios del Romanticismo aportando un estilo directo y minucioso que muchos han llamado "atómico". Leyó y releyó Los Ensayos de Montaigne como ejemplo a seguir y empezó a escribir en castellano con la sintáctica francesa. Frases cortas, oraciones simples coordinadas y yuxtapuestas (huyendo de las subordinadas); usaba períodos cortos oracionales que entrelazaba con el punto y coma y cerraba con un punto y seguido.
Cuando escribía - a mano y con pluma estilográfica - empleaba los sentidos (vista, oído, olfato) así como las sensaciones y recuerdos. Le gustaba inventar neologismos y sacar del diccionario arcaísmos; cuidaba y se detenía en los detalles, al considerar que el detalle es lo que define el estilo personal del escritor; tenía ojo de pintor impresionista y - por encima de todo - le gustaba usar epítetos en lugar de verbos, que son acción, pues sus escritos eran todo lo contario: narraciones lentas, descriptivas, relajantes, eruditas, y que denotaban un gran amor al paisaje.
Con su lenguaje sobrio y directo unía realidad y sensibilidad para mostrar impresiones en sus escritos. En este fragmento de Castilla podemos apreciar la frase corta, la sintaxis sencilla, la abundante adjetivación a través de la cual se refleja el subjetivismo, la fusión de alma y paisaje y la luz con una variada gama de colores y matices, diseminando pinceladas sueltas sin un orden preciso, de manera que sólo cuando completamos la lectura del texto podemos apreciar la totalidad de lo escrito:
"No puede ver el mar la solitaria y meláncolica Castilla. Está muy lejos el mar de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas; de estos barrancales pedregosos; de estos terrazgos rojizos, en que los aluviones torrenciales han abierto hondas mellas; mansos alcores y terrenos, desde donde se divisa un caminito que va en zig-zag hasta un riachuelo. Las auras marinas no llegan hasta estos poblados pardos de casuchas deleznables, que tienen un bosquecillo de chopos junto al ejido. Desde la ventana de este sobrado, en lo alto de la casa, no se ve la extensión azul y vigorosa; se columbra allá en una colina con los cipreses rígidos, negros, a los lados, que destacan sobre el cielo límpido. A esta olmeda que se abre a la salida de la vieja ciudad no llega el rumor rítmico y ronco del oleaje; llega en el silencio de la mañana, en la paz azul del mediodía el cacareo metálico, largo, de un gallo, el golpear sobre el yunque de una herrería. Estos labriegos secos, de faces polvorientas, cetrinas, no contemplan el mar; ven la llanada de las mieses, miran sin verla la largura monótona de los surcos en los bancales. Estas viejecitas de luto, con sus manos pajizas, sarmentosas, no encienden cuando llega el crepúsculo una luz ante la imagen de una Virgen que vela por los que salen en las barcas. Van por las callejas pinas y tortuosas a las novenas, miran al cielo en los días borrascosos y piden, juntando sus manos, no que se aplaquen las olas, sino que las nubes no despidan granizos asoladores".
Cuando escribía - a mano y con pluma estilográfica - empleaba los sentidos (vista, oído, olfato) así como las sensaciones y recuerdos. Le gustaba inventar neologismos y sacar del diccionario arcaísmos; cuidaba y se detenía en los detalles, al considerar que el detalle es lo que define el estilo personal del escritor; tenía ojo de pintor impresionista y - por encima de todo - le gustaba usar epítetos en lugar de verbos, que son acción, pues sus escritos eran todo lo contario: narraciones lentas, descriptivas, relajantes, eruditas, y que denotaban un gran amor al paisaje.
Con su lenguaje sobrio y directo unía realidad y sensibilidad para mostrar impresiones en sus escritos. En este fragmento de Castilla podemos apreciar la frase corta, la sintaxis sencilla, la abundante adjetivación a través de la cual se refleja el subjetivismo, la fusión de alma y paisaje y la luz con una variada gama de colores y matices, diseminando pinceladas sueltas sin un orden preciso, de manera que sólo cuando completamos la lectura del texto podemos apreciar la totalidad de lo escrito:
"No puede ver el mar la solitaria y meláncolica Castilla. Está muy lejos el mar de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas; de estos barrancales pedregosos; de estos terrazgos rojizos, en que los aluviones torrenciales han abierto hondas mellas; mansos alcores y terrenos, desde donde se divisa un caminito que va en zig-zag hasta un riachuelo. Las auras marinas no llegan hasta estos poblados pardos de casuchas deleznables, que tienen un bosquecillo de chopos junto al ejido. Desde la ventana de este sobrado, en lo alto de la casa, no se ve la extensión azul y vigorosa; se columbra allá en una colina con los cipreses rígidos, negros, a los lados, que destacan sobre el cielo límpido. A esta olmeda que se abre a la salida de la vieja ciudad no llega el rumor rítmico y ronco del oleaje; llega en el silencio de la mañana, en la paz azul del mediodía el cacareo metálico, largo, de un gallo, el golpear sobre el yunque de una herrería. Estos labriegos secos, de faces polvorientas, cetrinas, no contemplan el mar; ven la llanada de las mieses, miran sin verla la largura monótona de los surcos en los bancales. Estas viejecitas de luto, con sus manos pajizas, sarmentosas, no encienden cuando llega el crepúsculo una luz ante la imagen de una Virgen que vela por los que salen en las barcas. Van por las callejas pinas y tortuosas a las novenas, miran al cielo en los días borrascosos y piden, juntando sus manos, no que se aplaquen las olas, sino que las nubes no despidan granizos asoladores".
viernes, 24 de abril de 2020
DIEGO HERGUETA
En el prólogo de La dama grande Pío Baroja se considera a sí mismo un impresionista, pues él llegó a la literatura en la época modernista, en la que había una mutua relación entre las artes, y la pintura inspiraba procedimietnos innovadores. Consumado pintor literario su obra es rica en tipos, escenas y paisajes de una manera genuinamente pictórica. Sus paisajes quedan grabados de forma indeleble, hasta el punto de que recordamos sus novelas - no por lo que pasa o a quiénes pasa - sino por "dónde pasa".
Bajo mi punto de vista, Diego Hergueta - en sus cuadros - sigue el impresionismo (arte sugestivo que da contornos imprecisos), pero con su propio estilo, un estilo que es innovador, moderno e inconfundible, que hace que el espectador participe en su obra precisamente por presentárnosla como un producto que sugiere, que no está totalmente definido.
Igual que Baroja describe como nadie, a través de su escritura, el color, calor, idiosincrasia y fuerza vital de lo vasco, Hergueta lo consigue con sus lienzos, sobre todo cuando utiliza el pastel. Lo cierto es que ambos logran que, quienes nos deleitamos con sus respectivas obras, lleguemos a cogerlas cariño.
Diego Hergueta, aventurero, un poco solitario, regenerador, dotado de una lapidaria ironía y una exquisita sencillez lógica, habla vascuence, pinta en vasco y conoce los pueblos y valles más escondidos de su tierra. Siente añoranza por el pasado y cree que la naturaleza es lo realmente interesante porque todavía está llena de sorpresas. Sin embargo, Diego, típico vasco barojiano, tiene la grandeza de abrir horizontes y captar - a través de su mirada - la esencia de otros lugares, como El Escorial, lugar mágico en el que nos conocimos. En su obra se percibe la espiritualidad por encima de la técnica, su pintura tiene "alma".
Como Azorín, comprende la vida y la refleja en sus lienzos desde lo cercano, lo cotidiano y lo aparentemente irrelevante, porque ésto contiene para él la fuerza misteriosa del universo...
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Bajo mi punto de vista, Diego Hergueta - en sus cuadros - sigue el impresionismo (arte sugestivo que da contornos imprecisos), pero con su propio estilo, un estilo que es innovador, moderno e inconfundible, que hace que el espectador participe en su obra precisamente por presentárnosla como un producto que sugiere, que no está totalmente definido.
Igual que Baroja describe como nadie, a través de su escritura, el color, calor, idiosincrasia y fuerza vital de lo vasco, Hergueta lo consigue con sus lienzos, sobre todo cuando utiliza el pastel. Lo cierto es que ambos logran que, quienes nos deleitamos con sus respectivas obras, lleguemos a cogerlas cariño.
Diego Hergueta, aventurero, un poco solitario, regenerador, dotado de una lapidaria ironía y una exquisita sencillez lógica, habla vascuence, pinta en vasco y conoce los pueblos y valles más escondidos de su tierra. Siente añoranza por el pasado y cree que la naturaleza es lo realmente interesante porque todavía está llena de sorpresas. Sin embargo, Diego, típico vasco barojiano, tiene la grandeza de abrir horizontes y captar - a través de su mirada - la esencia de otros lugares, como El Escorial, lugar mágico en el que nos conocimos. En su obra se percibe la espiritualidad por encima de la técnica, su pintura tiene "alma".
Como Azorín, comprende la vida y la refleja en sus lienzos desde lo cercano, lo cotidiano y lo aparentemente irrelevante, porque ésto contiene para él la fuerza misteriosa del universo...
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jueves, 23 de abril de 2020
SHAKESPEARE Y CERVANTES
Cervantes era escritor y Shakespeare dramaturgo, poeta y actor, pero ambos escribían con espíritu, la lanza que sometía a la descortesía, a la desconsideración, a la falta de apertura de mente, al desconocimiento del mundo y de las cosas, a la carencia de razonamiento y sensibilidad, al vacío existencial... Y es que las palabras forman el lenguaje y a medida que lo iban dominando comprendían más y mejor lo que les rodeaba. Debido a sus amplias lecturas su capacidad de reflexión era más profunda y por eso ambos pudieron elegir y ordenar su propio orden de vida, estructurar su personalidad, establecer sus prioridades y ver con perspectiva la sociedad en la que estaban inmersos (el Siglo de Oro español y el tardío Reancimiento inglés). Casualmente fallecieron el mismo año (1616), aunque no está tan claro que fuera el mismo día y mes (23 de abril), como se viene diciendo.
Coincidían en que el sentido de la moral es el sentido de lo bueno, algo que que es natural en el ser humano. En él se dan tendencias naturales a la simpatía y a la colaboración social y de este instinto social emerge el sentido moral, que permite la inmediata distinción entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto y, por tanto, la valoración de la ética, la cual se basa en sentido del orden, de la armonía y del equilibrio.
La alegría - para ellos - era un deber moral, un paradigma de la virtud cívica y una vía de conocimiento. La alegre inteligencia es, frente al mal humor, la forma más prodigiosa de iluminar la verdad de las cosas. Ningún deber es tan fácil, por eso es preciso irla construyendo de forma suave y constante como una rebelión contra la inevitable tragedia. No se puede despreciar el pensamiento alegre, pues es la rama más luminosa del conocimiento y, además, las formas alegres de pensar y de actuar no son propias de los que claudican, sino de los que luchan y "la gente buena siempre ha sido alegre".
El 7 de octubre de 1926, para conmemorar el nacimiento de Cervantes, se celebró por primera vez El Día del Libro. La idea partió de un escritor y editor valenciano (Vicente Clavel), que afincado en Barcelona propuso a la Cámara Ofiicial de dicha ciudad su iniciativa. El gobierno lo aceptó y el rey, don Alfonso XIII, firmó el Real Decreto que instituía La Fiesta del Libro Española. En 1930, la fecha se trasladó al 23 de abril, aniversario de la muerte de Cervantes, y en 1995 la UNESCO instituyó ese día como El Día Mundial del Libro, fiesta que se celebra en más de ochenta países del mundo, aunque Gran Bretaña e Irlanda lo llevan a cabo el 14 de marzo.
Ya estamos en primavera, época del despertar, del reanacer. Me encanta contemplar al árbol que da frutos, al agua que brota pura y cristalina de la fuente, a las flores por sus colores y perfumes... pero lo que más me apasiona es ver a los seres humanos (vivos o ausentes) que tienen o tuvieron el coraje de aportar algo claro, luminoso, perfumado, melodioso. Eso es para mí el verdadero motivo de celebrar un día como hoy.
Coincidían en que el sentido de la moral es el sentido de lo bueno, algo que que es natural en el ser humano. En él se dan tendencias naturales a la simpatía y a la colaboración social y de este instinto social emerge el sentido moral, que permite la inmediata distinción entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto y, por tanto, la valoración de la ética, la cual se basa en sentido del orden, de la armonía y del equilibrio.
La alegría - para ellos - era un deber moral, un paradigma de la virtud cívica y una vía de conocimiento. La alegre inteligencia es, frente al mal humor, la forma más prodigiosa de iluminar la verdad de las cosas. Ningún deber es tan fácil, por eso es preciso irla construyendo de forma suave y constante como una rebelión contra la inevitable tragedia. No se puede despreciar el pensamiento alegre, pues es la rama más luminosa del conocimiento y, además, las formas alegres de pensar y de actuar no son propias de los que claudican, sino de los que luchan y "la gente buena siempre ha sido alegre".
El 7 de octubre de 1926, para conmemorar el nacimiento de Cervantes, se celebró por primera vez El Día del Libro. La idea partió de un escritor y editor valenciano (Vicente Clavel), que afincado en Barcelona propuso a la Cámara Ofiicial de dicha ciudad su iniciativa. El gobierno lo aceptó y el rey, don Alfonso XIII, firmó el Real Decreto que instituía La Fiesta del Libro Española. En 1930, la fecha se trasladó al 23 de abril, aniversario de la muerte de Cervantes, y en 1995 la UNESCO instituyó ese día como El Día Mundial del Libro, fiesta que se celebra en más de ochenta países del mundo, aunque Gran Bretaña e Irlanda lo llevan a cabo el 14 de marzo.
Ya estamos en primavera, época del despertar, del reanacer. Me encanta contemplar al árbol que da frutos, al agua que brota pura y cristalina de la fuente, a las flores por sus colores y perfumes... pero lo que más me apasiona es ver a los seres humanos (vivos o ausentes) que tienen o tuvieron el coraje de aportar algo claro, luminoso, perfumado, melodioso. Eso es para mí el verdadero motivo de celebrar un día como hoy.
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